jueves, abril 18, 2019
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Cuando el poder corrompe

El poder emborracha. Quien se coloca en el lado de los fuertes, quien posee talentos naturales, quien consigue amigos (o cómplices) astutos, quien sabe disparar por la espalda, quien exige fidelidad a otros mientras se salta tranquilamente las normas básicas de la convivencia humana, siente en su corazón la embriaguez de la victoria fácil.

Es uno de los males más profundos del poder: corrompe los corazones. Por eso hay quien llega a formas de bajeza vergonzosas casi sin darse cuenta de lo hace. Incluso puede pisotear a familiares y amigos de modo miserable, con la frialdad que crece al ver que conquista un puesto, que gana más dinero, que elimina a un enemigo, que despoja a un amigo ingenuo, y además nadie le denuncia por miedo o por ignorancia.

Pero esa corrupción no viene del mismo poder. Porque un rey, rodeado de soldados, de dinero y de aplausos, puede ser honesto; mientras un trabajador, con un cuchillo y algo de destreza, puede llegar a ser un asesino en serie sin que nadie lo descubra.

El poder corrompe, entonces, cuando uno alimenta la avaricia, la ira, la soberbia, o el afán de placeres sin medida. El que desea algo bueno de modo desordenado, o algo claramente malo, buscará maneras para alcanzar sus objetivos, y sentirá un especial impulso hacia lo injusto cuando descubra, entre sus manos, fuerzas y energías para emprender el camino del mal.

El mejor antídoto radica, entonces, en la lucha contra ambiciones deshonestas, contra placeres que encadenan, contra espejismos de fama que ofuscan los corazones.

Esa lucha necesita, además, estar acompañada por el amor sincero hacia lo noble, lo bello, lo justo, lo bueno. No podemos vivir sólo a base de eliminar venenos. El corazón necesita aire puro e ideales grandes.

Será posible, entonces, resistir la prepotencia de los malos y el susurro engañador de la serpiente que busca, de mil maneras, engañar a los incautos.

El corazón se abrirá así al anuncio de Jesús, el Nazareno, que nos lanza también hoy, como hace 20 siglos, la pregunta: “¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?” (Mc 8,36).