Home > Espiritualidad > Dulce compañía

Dulce compañía

¿Qué sucedió en nosotros que nos hizo olvidar a nuestro Ángel de la Guarda? De niños creíamos y confiábamos en él, le rezábamos y nos encomendábamos a su protección y cuidado, de jóvenes lo invocábamos eventualmente, pero después… ¿Qué sucedió?

Me parece que todas las personas tenemos historias que se desarrollan en torno al Ángel Custodio. A algunos los sacó bien librados de un asalto, a otros los salvó de un accidente en el último segundo; a unos les hizo llegar un mensaje sabio a través de un letrero, dando respuesta así a lo que se necesitaba saber, y hay quienes afirman que, mediante una persona desconocida, su Ángel les habló y les indicó justo lo que debían hacer.

Cuando yo era niño mi mamá me enseñó a hablar con mi Ángel. Lo mismo ocurrió con prácticamente todos los niños, y si no, ¿cómo es que todos sabemos esta oración?: «Angelito de mi Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, a donde quiera que yo vaya tú será mi luz y mi guía». Pero luego crecimos… o pensamos que crecimos. ¿No habremos disminuido en lugar de crecer cuando perdimos ese trato noble, amable y bueno con este Ser que Dios nos entregó a cada uno para nuestra guía y protección?

No encuentro razón de peso para dejar de creer en los ángeles cuando la sagrada Escritura está plagada de relatos de su presencia entre los seres humanos, relatos que dan cuenta de que ellos velan por nosotros: «y fue enviado Rafael a curar a los dos: a Tobit, para que se le quitaran las manchas blancas de los ojos y pudiera con sus mismos ojos ver la luz de Dios; y a Sarra, la de Ragüel, para entregarla por mujer a Tobías, y librarla de Asmoneo, el demonio malvado» (Tob 3, 17), relatos que afirman que nos libran de peligros: «pero el Ángel del Señor bajó al horno junto a Azarías y sus compañeros, expulsó las llamas de fuego fuera del horno e hizo que una brisa refrescante recorriera el interior del horno, de manera que el fuego no los tocó lo más mínimo, ni les causó ningún daño o molestia» (Dan 3, 49), y relatos que confirman su presencia entre nosotros y su relación íntima con Dios: «Guárdense de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo les digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos» (Mt, 18, 10).

Además de las afirmaciones de la Escritura, encuentro, como creyente que soy, fundamento de la existencia de mi Ángel de la Guarda, en la enseñanza de la Iglesia cuando leo en el Catecismo, párrafo 336, que: «Desde la infancia a la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión. Nadie podrá negar que cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducir su vida. Desde esta tierra, la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios» y además cuando el mismo documento, en el párrafo 328, expresa que: «La existencia de seres espirituales, no corporales, que la sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición», afirmación, ésta última, que me llena de alegría porque me hace saber que mi Ángel Custodio no es una suposición, sino toda una «Verdad de Fe».

Ahora no me puedo permitir que, porque sea adulto, pueda dejar de creer en el Ángel que Dios destinó a mi cuidado personal o deba dejar de platicar con él u olvidarme de su dulce compañía. Al contrario, ahora sé que además de cumplir con la misión que Dios le encomendó, mi Ángel también puede ayudarme en tareas que yo le puedo confiar, y así, por ejemplo, suelo pedirle que hable con el Ángel de la Guarda de alguna persona con quien debo arreglar algún asunto, y cuando llego a tratarlo, prácticamente está resuelto para un mayor bien mío. Si usted que me lee no me cree, le invito a que haga la prueba.

Ahora suelo rezarle así todas las mañanas, antes de salir de casa, y comienzo a vivir el día con mayor fuerza y con la certeza de que he de regresar con bien: «Ángel del Señor, que eres mi Custodio, puesto que la Divina Providencia me encomendó a ti, ilumíname, guárdame, rígeme y gobiérname en este día». Hoy haga suya esta oración y vuelva a disfrutar de esta dulce compañía.

http://www.verycreer.com/