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Señor, ya me aburrí

Reflexión dominical para el 28 de agosto de 2011 

Imaginemos al bueno de Jeremías, joven impetuoso, que se ha definido y se ha jugado la vida por Dios.

Dios se le metió en el alma y lo sedujo con amor irresistible.

Y el joven profeta responde con todo el ímpetu de su juventud dejándose seducir.

Parece que hubo como una pelea en su alma y triunfó el Señor.

A partir de ese momento Jeremías comienza a predicar y, como se trata de una situación difícil en la que Dios pide la conversión del pueblo, Jeremías no tiene más remedio que advertir a todos la destrucción y la violencia que pueden acabar con Israel, si no escucha la Palabra de Dios, una Palabra que precisamente habla por sus labios.

Y sucedió lo que sucedería hoy a cualquiera de los hombres impulsados por Dios que quisiera anunciar la verdad a nuestra sociedad que ha optado por desterrar a Dios y vivir del pecado.

Como entonces, todo el mundo se reiría del profeta y se burlarían de él.

Jeremías, destrozado en el corazón y aburrido de su propia predicación, se grita a sí mismo: “Ya no me acordaré más de Dios. Ya no quiero hablar más en su nombre”.

Pero el compromiso de Jeremías es tan fuerte que siente arder en sus entrañas el fuego irresistible que produce la Palabra de Dios.

Quería callar pero no podía y se vio perseguido, golpeado, despreciado… todos los males cayeron sobre él. Pero fue fiel a Dios.

Esta imagen de Jeremías es la que nos presenta la primera lectura de este domingo.

¡Qué fuerte es la Palabra de Dios para quien se abre de verdad al Señor!

Esta conversión que el profeta pidió valientemente, la pide San Pablo en la segunda lectura a los romanos. Pablo habla de una manera muy distinta pero en el fondo está pidiendo exactamente lo mismo, la conversión:

“Os exhorto por la misericordia de Dios a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios”.

Pide el apóstol que los cristianos no se ajusten a los criterios del mundo perverso, sino que se esfuercen por renovar sus pensamientos y sentimientos y así podrán descubrir qué es lo que Dios quiere, “lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”.

El Evangelio, a su vez, nos da una lección muy fuerte y que por cierto exige una conversión que nos lleve a cambiar nuestros criterios y sentimientos para entrar en sintonía con los de Dios.

Después que Pedro ha escuchado de labios de Jesús tan grandes alabanzas que lo ha puesto como responsable de “mi Iglesia”, oye con todos los apóstoles las palabras proféticas que, hablando de sí mismo, ha dicho el Señor: le esperan toda clase de sufrimientos hasta “ser ejecutado y resucitar al tercer día”.

Pedro no lo puede soportar; se lleva a parte a Jesús y le dice: “¡no lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte”.

Jesús se vuelve rápidamente hacia Pedro y le dice así:

“Quítate de mi vista Satanás que me haces tropezar; tú piensas como los hombres no como Dios”.

Todo esto es desconcertante. A su primer vicario lo ha llamado Satanás y le ha dicho que ese Pedro que acaba de recibir la revelación del Padre Dios, ahora habla a lo humano y no es capaz de tener los criterios de Dios.

Y no sólo es esto sino que Jesucristo marca a continuación, el camino que debe seguir todo discípulo: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga… ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?”.

Son muchas las conclusiones que podríamos sacar de esta reflexión. Pero creo que todos sabemos que dentro de cada corazón hay un hambre de Dios que el salmo responsorial nos invita a manifestar de esta manera: “Mi alma está sedienta de ti, Dios mío”.

Y esto lo repetiremos mientras escuchamos el bellísimo salmo 62: “Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti, mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua…”