domingo, enero 20, 2019
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¿Una rama sola y con fruto?

No es fácil imaginar que una rama quiera vivir sola y, separándose del árbol pretender dar fruto y fruto abundante.

Esto puede parecer muy extraño pero es lo que sucede continuamente, incluso entre los discípulos de Jesús.

La gente quiere ir sola, la gente quiere llamar la atención y además pretender dar más fruto que otros.

La liturgia de este domingo nos invita a la unidad entre nosotros y con Cristo. Y por Cristo con el Padre, en el Espíritu Santo.

Meditemos, una vez, más la hermosa comparación (alegoría) que nos recuerda San Juan:

“Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto… permaneced en mí y yo en vosotros”.

Y Jesús lo explica claramente cuando dice: “Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí”.

Está claro que sólo el que permanece en Cristo dará fruto abundante.

Puede ser interesante contar las veces que repite Jesús el verbo “permanecer” en este capítulo de San Juan. No se trata, por tanto, de un paseo por el árbol ni tampoco de un paseo fuera del árbol. Se trata de recibir la savia del árbol permanentemente, bien colocado en el sitio que le corresponde para dar fruto.

No olvides nunca esta hermosa comparación de hoy:

Estamos unidos en la Trinidad:

* El Padre es el agricultor.

* El Hijo es la vid, el árbol.

* El Espíritu Santo es la savia.

* Y cada uno de los seguidores de Cristo, pequeñas ramitas que deben florecer, aunque sea con sacrificio, para dar fruto.

Posiblemente esto puede no ser lo más cómodo y, no tanto por la Trinidad Santa que nos sustenta, sino por las otras “ramitas” que nos acompañan y molestan. Es decir, los otros que pertenecen al mismo cuerpo de Cristo…

Pero, no lo olvides, sólo donde hay unidad y amor está Dios.

Por su parte, la vivencia de San Pablo, que nos cuentan los Hechos de los apóstoles, es una buena lección para todos nosotros.

Cuando Jesús lo deslumbró a las puertas de Damasco, le reclamó por su persecución con estas palabras: “Pablo, ¿por qué me persigues?”.

La verdad es que Pablo nunca persiguió a Cristo. Para él Jesús estaba muerto y bien muerto. Pero de las palabras del Señor sacó la gran enseñanza: quien persigue a los de Jesús, persigue al Señor.

Por eso se esforzó al hablar de la caridad, hasta decirnos que tengamos muy presente que el otro debe ser más importante que uno mismo.

El mismo Pablo nos cuenta hoy cómo sintió el vacío de los demás en las primeras comunidades cristianas.

Por una parte los judíos estaban furiosos contra Él porque los había traicionado. Y en cuanto a los discípulos de Jesús, le tenían miedo y le hacían el vacío porque no se fiaban ni creían en su conversión.

Para fomentar la unidad y la caridad, la carta de San Juan nos pide hoy que “no amemos de palabra y de boca sino de verdad y con obras”… Éste es el mandamiento del Señor:

“Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos unos a otros como Él nos lo mandó”.

Queda, pues, claro que no hay otro cristianismo que el de permanecer unido a Cristo y dar siempre la mano a los hermanos.

El verso aleluyático nos lo repetirá hoy: “permaneced en mí y yo en vosotros, dice el Señor; el que permanece en mí da fruto abundante”.

José Ignacio Alemany Grau, obispo