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La luz de la fe: “Lumen fidei”

Introducción.

La encíclica LUMEN FIDEI destaca, dentro de las encíclicas pontificias, como la única escrita a cuatro manos: las del Papa emérito Benedicto XVI y del actual Papa Francisco. Se trata de una auténtica ‘sinfonía’ para piano, a cuatro manos, dedicada al don hermoso de la FE.

La metáfora principal de la encíclica, desde luego, es la ‘luz’. En efecto, los que tienen fe son como aquellos que caminan, en la oscuridad sí de la vida, pero con el subsidio de una enorme y poderosa lámpara que se llama FE. La fe, en la simbología antigua, es anunciada también como ‘sol’, pero, en este caso, la referencia es más bien personalizada en Cristo resucitado, ‘sol’ que ilumina el camino de todos los que creen en Él y que conduce hacia la ‘vida eterna’: “¿No te he dicho que si crees veras la gloria de Dios?” (Jn 11, 40) Quien cree, por tanto, ‘ve’ (1).

La cultura actual, obstáculo para la fe.

El discurso sobre la fe resulta ser, para el hombre ‘adulto’ de hoy, pérdida de tiempo y expresión de infantilismo cognoscitivo: una ‘luz ilusoria que impide al hombre seguir la audacia del saber’ (2). La fe, entonces, para el hombre ilustrado de nuestra era, es un ‘espejismo’ que nos impide avanzar en libertad hacia el futuro. Es, en fin, como un sentimiento ciego y una luz únicamente subjetiva y fantasiosa. Da tristeza, nos dice Papa Francisco, constatar, hoy, que el hombre vive inmerso en un relativismo devastador y que “ha renunciado a la búsqueda de una luz grande, de una verdad grande, y se ha contentado con pequeñas luces que alumbran el instante fugaz, pero que son incapaces de abrir el camino y, cuando falta luz, todo se vuelve confuso y es imposible distinguir el bien del mal” (3). La Revelación de Dios, creída por la fe, es, en contraposición con la incredulidad del mundo, nuestra ‘luz grande’. A este punto de la historia, sentimos urgente, por tanto, recuperar el carácter luminoso, propio de la fe, o sea, “su capacidad de iluminar toda la existencia del hombre” (4). Para conseguirla, es necesario, desde luego, el encuentro personal con ‘Dios vivo’.

CAPÍTULO PRIMERO: “Hemos creído en el amor” (1Jn 4, 16).

La encíclica comienza con la pregunta: ¿Qué es la fe? Para responder, el mejor camino es a través de sus testigos más significativos: Abrahán, el pueblo de Israel, Moisés y Jesucristo. En Abrahán, que no ve a Dios, la fe está vinculada a la ‘escucha’ y se plasma en “la respuesta a una Palabra que interpela personalmente a un Tú que nos llama por nuestro nombre” (8). La fe de Israel, puesta en un Dios que quiere librarlo de la esclavitud, es ‘histórica’, sin embargo, no siempre Israel ha permanecido fiel: “La historia de Israel –escribe el Papa– nos permite ver cómo el pueblo ha caído tantas veces en la tentación de la incredulidad. Aquí, lo contrario de la fe se manifiesta como idolatría” (13). La consecuencia perversa de la pérdida de la fe, también hoy, es la ‘disgregación’ y la ‘desintegración’ social (13) de la cual somos testigos impotentes. En Moisés, la fe asume rasgos comunitarios. El acto individual de fe de Moisés se inserta, de hecho, en una comunidad que la proyecta hacia la venida de Cristo, mientras nosotros, obviamente, hacia el Cristo que ya ha venido y ha resucitado. En el Cristo muerto y resucitado, por cierto, descubrimos la magnitud de su amor y en este amor, que no se ha sustraído a la muerte para manifestar cuánto nos ama, es posible creer (16). Creer en la Resurrección, por cierto, es tan importante que el apóstol Pablo así escribía a los Corintios: “Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido” (1Co 15, 17).

Lo curioso de nuestro tiempo es que se cree, con superficial facilidad, en lo que leemos y escuchamos por la prensa, revistas, radio y televisión, mientras nos resistimos a creer en la multiplicidad de testimonios que nos hablan de Jesús y de esa salvación que podemos alcanzar creyendo en Él y en su palabra. Es que en la fe “el ‘yo’ del creyente se ensancha para ser habitado por Otro y para vivir en Otro” (21). Esta habitación divina en lo humano nos abre las puertas de la alegría y de la salvación.

CAPÍTULO SECUNDO: “Si no creéis, no comprenderéis” (Is 7, 9).

La tragedia cultural contemporánea es, sin lugar a duda, la crisis de ‘verdad’. Cada quien, en efecto, quiere ser ‘autor’ de sus propias verdades. Hay una extraña alergia para aceptar las verdades de siempre, objetivas y universales, a favor de la supuesta verdad única, que es la tecnológica y científica. Por esta razón el Papa, en la encíclica, destaca la necesidad de recuperar, hoy, la “conexión de la fe con la verdad” (25): de aquella ‘verdad trascendente’ que da sentido a la vida, a la convivencia social y a todas las demás realidades humanas e impide caer en el ‘relativismo ético’. La verdad principal, que se relaciona con la fe, es el ‘amor’ y, por tanto, es con el corazón que se cree: “Esta interacción –afirma el Papa– de la fe con el amor nos permite comprender el tipo de conocimiento propio de la fe, su fuerza de convicción y su capacidad de iluminar nuestros pasos” (26). También el amor tiene su propia verdad, o sea, que no puede reducirse a un sentimiento inestable que va y viene. Es verdadero, entonces, sólo aquel amor que tiende a la unión irreversible con la persona amada. Algo parecido ha experimentado Israel con Dios y, por tanto, este es el amor que se encuentra en la concepción bíblica de la fe. Sin la verdad del amor la fe no prende (28).

En fin, la fe en un Dios fiel, cercano y hablante a través de la Alianza, se nutre de su palabra y, por tanto, nace del mensaje que se escucha: “FIDES EX AUDITU”, dice S. Pablo (Rm 10, 17). Con respecto a Jesús, la fe se fortalece escuchándolo y viendo sus señales: “la conexión entre el ver y el escuchar- nos dice la encíclica– como órganos de conocimiento de la fe, aparece con toda claridad en el Evangelio de Juan” (30). Es él, de hecho, quien nos dice: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos…y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida” (1Jn 1, 1) lo anunciamos a ustedes.

Fe y razón.

La experiencia de fe, de la cual se está hablando en la encíclica, no es una vivencia irracional, más bien, creemos que la fe y la razón se refuerzan mutuamente (32). En efecto, “la fe ensancha los horizontes de la razón para iluminar mejor el mundo que se presenta a los estudios de la ciencia” (34). Además, la fe produce efectos importantes en la vida del creyente. Naciendo del amor, puede llegar al corazón y al centro personal de cada hombre, beneficiándole, porque “no es intransigente, sino que cree en la convivencia que respeta al otro” (34). De consecuencia, hay que admitir que “el creyente no es arrogante”.

No cabe duda que la realidad de Dios es verdaderamente ‘luminosa’ y, por ser tal, se “deja encontrar por aquellos que lo buscan con sincero corazón” (35). Así, la fe de los justos es la de quienes buscan la ‘verdad trascendente’ de Dios. Búsqueda, por cierto, inherente a la naturaleza humana por ser el hombre ‘CAPAX DEI’, capaz de acoger el misterio del ser absoluto, fundamento del bien y del mal, y razón de ser de todo lo que existe sobre la tierra.

Fe y Teología.

Es por todo sabido que la Teología es la ciencia de la fe, CIENCIA FIDEI, y que, metodológicamente, es impensable hacer teología sin la luz de la fe: “La Teología –escribe su Santidad el Papa Francisco- es imposible sin la fe y forma parte del movimiento mismo de la fe, que busca la inteligencia más profunda de la autorrevelación de Dios, cuyo culmen es el misterio de Cristo” (36). También, la fe no podría ser considerada auténtica sin vinculación con el Magisterio del Papa y de los Obispos en comunión con él. Son ellos, por cierto, los garantes de la Palabra de Dios (36).

CAPÍTULO TERCERO: “Transmito lo que he recibido” (1Co 15, 3).

El don de la fe, que hemos recibido, no puede ser retenido. Hay que darlo a conocer y testimoniarlo con la coherencia de la vida. La fe es una luz que debe reflejarse, de rostro en rostro, y proyectarse sobre los demás. Exactamente, como sucede con la palabra recibida que debe convertirse en respuesta, confesión y, de este modo, resonar para los otros. La fe, por tanto, se trasmite “por contacto, de persona a persona, como una llama enciende otra llama” (37). A este punto, el Papa interpreta la fe como ‘lenguaje’, cuyo aprendizaje es progresivo y necesita de alguien que nos lo enseñe, es decir, la Iglesia. Es ella, por cierto, que nos enseña hablar el lenguaje de la fe (38), a través la enseñanza del ‘Credo’, síntesis perfecta de lo que creemos. El Credo, en efecto, por su sublime estructura ‘trinitaria’, nos revela las misteriosas presencias del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en el origen de la fe que profesamos.

Dimensión eclesial y experiencia sacramental de la fe.

Además de aprender la fe, por medio de la Iglesia, creeremos con la fe de la Iglesia. Así es, porque es ‘imposible creer cada uno por su cuenta’ (39) y, además, como cada buena familia tiene su propia memoria, también la tiene la Iglesia. En efecto, “mediante la tradición apostólica, conservada en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo, tenemos un contacto vivo con la memoria fundante” (40). Los sacramentos, luego, permitirán a los creyentes hacer, casi físicamente, la experiencia cotidiana de la fe, puesto que ‘la fe tiene una estructura sacramental’ que fortalece y actualiza el creer. En fin, la transmisión de la fe se realiza mediante los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía y la práctica de la oración, especialmente, del ‘Padre Nuestro’. La importancia transformadora y comprometedora del Bautismo viene señalada también por S. Pablo (Rm 6, 17). Lo que más le urge indicar es el hecho de que los que hemos sido bautizados hemos sido transformados en ‘criaturas nuevas’ por el don divino de la ‘vida nueva’. En la dinámica del Bautismo, que la Iglesia administra y la familia pide, lo más destacado es la ‘sinergia’ de las dos en la transmisión de la fe (43). Los padres, por cierto, son los que engendran y que llevan a la fe de la Iglesia. La Eucaristía, a su vez, será su precioso alimento y su máxima expresión (44).

Fe, oración y decálogo.

La oración del Padre Nuestro y el don del Decálogo son otros dos elementos esenciales en la transmisión fiel de la memoria de la Iglesia. En el Padre Nuestro, en efecto, “el cristiano aprende a compartir la misma experiencia espiritual de Cristo y comienza a ver con los ojos de Cristo” (46). También, es necesario enlazar la fe con el Decálogo. La fe, que en el libro del Éxodo se nos presenta como camino que nos conduce al encuentro con el Dios vivo de la liberación, es difícilmente comprensible sin referencia al prólogo del Decálogo. En él, por cierto, Dios viene descrito como aquel que sacó a Israel de la tierra de Egipto y de la esclavitud. Gracias al Decálogo, de hecho, el pueblo puede experimentar la cercanía de Dios liberador y creer en Él positivamente. En efecto, “El Decálogo – escribe el Papa en la encíclica– no es un conjunto de preceptos negativos, sino indicaciones concretas para salir del desierto del “yo” autorreferencial, cerrado en sí mismo, y entrar en diálogo con Dios” (46). Cumpliéndolo, es cómo manifestamos nuestra gratitud y respuesta de amor a Dios. En fin, son cuatro los elementos que contienen el tesoro de la memoria que la Iglesia es llamada a transmitir: la confesión de la fe, la celebración de los sacramentos, el camino del decálogo y la oración.

Unidad de la fe.

En esta transmisión de la fe tendremos que cuidar su integridad y unidad: “si la fe no es una, no es fe” (47). La fe es ‘una’ porque cree en el único Dios, en el Señor Jesús y en la Iglesia común y, dado que la fe es una sola, debe ser confesada en toda su pureza e integridad (48). La sucesión apostólica, desde luego, es garante de su unidad.

CAPÍTULO CUARTO: “Dios prepara una ciudad para ellos” (Heb 11, 16)

El cuarto capítulo de la Encíclica arranca definiendo la fe no sólo como ‘camino’ sino también como ‘lugar/edificio’ de salvación, cuyos primeros constructores han sido ‘Noé y Abrahán’: “Noé en el Arca, logra salvar a su familia. Después –continúa la Encíclica- Abrahán, del que se dice que, movido por la fe habitaba en tiendas mientras esperaba la ciudad de sólidos cimientos” (50). Esta misma fe, lugar de salvación, nos ayuda también a edificar la ‘ciudad de los hombres’. Luego, la luz de la fe, por su estrecha conexión con el amor de Dios, se pone a servicio concreto de la justicia, del derecho, de la paz y del bien común. Afirma la encíclica: “La fe ilumina, también, las relaciones humanas, porque nace del amor y sigue la dinámica del amor de Dios” (50). La virtud teologal de la fe, por tanto, sin disminuir su esencia espiritual, se nos presenta como fuerza poderosa para “edificar, en la caridad, una ciudad construida sobre relaciones que tienen como fundamento el amor de Dios” (51).

La familia: espacio privilegiado de la fe.

El primer ámbito social actual de enorme trascendencia, que la fe ilumina en la ciudad de los hombres, es la ‘familia’. Aquella, desde luego, que se fundamenta sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer. La diferencia sexual, por cierto, que permite a los cónyuges unirse en una sola carne y ser capaces de engendrar una vida nueva, no es cuestión de opinión ni de cultura. Se trata, más bien, de una diferenciación inherente a la naturaleza integral de la persona humana y que merece ser respetada. Además, el matrimonio es el único lugar humano donde es posible un amor estable, sobre todo, si se “descubre un plan que sobrepasa los propios proyectos, que nos sostiene y nos permite entregar totalmente nuestro futuro a la persona amada” (52).

En la familia, la fe se hace presente bajo dos formas. En primer lugar, como luz que la ilumina para que se comprenda el gozoso y divino misterio de la trasmisión de la vida a una nueva persona y, en segundo lugar, haciéndose presente en todas las etapas de la vida familiar, comenzando por la infancia. Por esta razón, la presencia iluminadora de la fe pide “que los padres cultiven prácticas comunes de fe en la familia y que acompañen el crecimiento en la fe de los hijos” (53). En este proceso testimonial Papa Francisco nos encomienda de no descuidar a la ‘juventud’. La misma que, en ocasiones, ha manifestado su alegría de vivir la fe porque “el encuentro con Cristo, el dejarse aferrar y guiar por su amor, amplía el horizonte de la existencia y le da una esperanza sólida que no defrauda” (53).

La fe: recurso poderoso para construir la ‘ciudad de los hombres’.

La fe es eficaz, también, en orden a la construcción de una humanidad más unida y deseosa de fraternidad. Sin embargo, el anhelo de fraternidad sin un ‘Padre común’ no podrá nunca subsistir: “hemos aprendido – declara el Papa en la encíclica– que esta fraternidad, sin referencia a un Padre común como fundamento último, no logra subsistir” (54). No lo logra porque Dios es la raíz de toda fraternidad (Gén 12,1-3) y es el origen, incluso, de la dignidad única de toda persona humana, verdad no tan evidente, por cierto, en el mundo antiguo. Como hemos visto, por tanto, la fe bíblica tiene numerosas implicaciones sociales porque, en su centro, encontramos el ‘amor de Dios’, su solicitud concreta por cada persona, su designio de salvación que abraza a la humanidad entera y a toda la creación y que alcanza su cúspide en la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo (54). Sin Dios, es muy probable que el hombre pretenda ser ‘árbitro absoluto’ del bien y del mal moral atribuyéndose, así, poderes de manipulación y destrucción sin límites.

Fe y ecología.

El hombre, por tanto, unido por su fe al Creador, sabrá también respetar la creación, obra de sus manos. En la naturaleza, por cierto, vemos como “una gramática escrita por Él y una morada que nos ha confiado para cultivarla y salvaguardarla” (55). De la fe depende también la capacidad de perdonarnos, de permanecer unidos, de defender la vida humana en todas sus etapas, de adquirir fuerza en el sufrimiento y fortaleza para enfrentar el trágico misterio de la muerte. En efecto, “cuando la fe se apaga, se corre el riesgo de que los fundamentos de la vida se debiliten con ella” (55). Es cierto que “la fe no disipa todas nuestras ‘tinieblas’, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche y esto basta para caminar” (57), sin embargo, no deja de ser remedio seguro en contra de la desesperanza y auxilio en las angustias de la vida.

La fe da la mano a la esperanza.

Para dar sentido a la existencia humana y permitirnos soñar ese futuro de ‘vida plena y eterna’, que Dios ha inaugurado ya en Cristo, la fe da la mano a la esperanza. Fe, esperanza y caridad nos proyectan hacia un ‘futuro cierto’, sin embargo, ahora, el reto consistirá en no dejarnos ‘robar la esperanza’ por las “propuestas ilusorias de los ídolos del mundo” (57).

María: “la que guardaba todas estas cosas en su corazón”.

María, la bienaventurada madre de Jesús y nuestra, que ha sido ‘icono y modelo’ espléndido de fe, nos acompañe siempre y nos ayude a conservarla hasta el final de nuestra vida. En la Madre de Jesús, la fe ha dado su mejor fruto. Ojalá que, imitándola, también nuestra fe dé frutos llenándonos, así, de profunda alegría.

P. Marsich