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Mis grandes amigos

Tengo grandes amigos que son ateos. Cuando hablo con ellos soy consciente que Dios habita en nosotros, sin ver si somos ateos, católicos, hebreos, musulmanes o evangélicos, pues “en Él vivimos, nos movemos y existimos”.

Es el padre de todos, nuestro padre.

Encuentro a mi ateo cada año en la Feria del Libro.

Como mis libros son religiosos y ellos son inquietos, les atraen.

Cada año lo espero. Sé que llegará.

Llega indiferente. Se detiene frente a mi mesa, toma los libros como quien no quiere leerlos, los devuelve, toma otro y pregunta:

“¿Quién los escribe?”

“¿ Quiere conocer al autor?” pregunto.

“No”. Responde tajantemente. Y añade: “Soy ateo”.

No imaginas lo feliz que me pongo.

Casi exclamo: “¡Mi amigo ateo!” Y le pregunto: “¿ Puedo darle un abrazo?”

“¿Va a tratar de convertirme?”

“Y, ¿por qué haría eso? Dios le da la libertad de creer o no creer. Eso depende de usted”.

La última vez que vi a mi amigo el ateo tuvimos largas conversaciones de literatura.

Cuando se marchó luego de estrecharnos la mano le sonreí, feliz de conocerlo, sabiendo que Dios había sembrado en su alma la semilla de la fe.

Sólo necesitaba alguien que, sin tantas palabras, con su ejemplo de vida y sus oraciones, la ayudara a germinar.