lunes, febrero 11, 2019
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Cuando la ira nos ataca

La ira es un pecado terrible. Surge ante insultos o injusticias, ante robos o ante desprecios, ante indiferencias o ante cobardías, ante corrupciones y ante lluvias imprevistas.

Algo llegó a lo más profundo del alma y nos sentimos heridos. Luego, una amargura profunda, una rabia contra algunos o contra todos, un deseo vago de venganza, incluso planes concretos para herir al presunto culpable o a quienes, sin culpa, pueden llegar a convertirse en víctimas inocentes para un desahogo salvaje.

La ira daña. Daña a quien la siente y daña a quienes la reciben.

Daña a quien la siente, porque el rencor, a veces acompañado por deseos de venganza, carcome y aísla, encierra en un mundo que genera desprecio, descontento, amargura.

Daña a quienes la reciben, porque, con o sin culpa, son atacados, despreciados, marginados, ignorados.

Si uno ha cometido una falta, lo que necesita es humildad para reconocerla y perdón para levantarse. No le sirve para nada sufrir las acometidas violentas de quien está dominado por la ira.

Para superar el fuego de la ira, uno de los pecados capitales, necesitamos la ayuda de la paciencia, la mansedumbre, la magnanimidad, la sencillez, la comprensión.

La Biblia nos habla con claridad sobre este terrible mal. “Porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (St 1,20). “Mas ahora, desechad también vosotros todo esto: cólera, ira, maldad, maledicencia y palabras groseras, lejos de vuestra boca” (Col 3,8). “Toda acritud, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad, desaparezca de entre vosotros” (Ef 4,31). “La prudencia del hombre domina su ira, y su gloria es dejar pasar una ofensa” (Pr 19,11).

La ira nos ataca. Cuando se asome en nuestras vidas, cuando asalte la muralla de nuestro corazón, podemos vencerla con una mirada puesta en el Crucificado. Con su humildad y su mansedumbre, Cristo supo vencer todo el odio y la justicia de los hombres. Simplemente, se entregó con Amor y misericordia, y ofreció su Sangre para rescatar a sus enemigos.