sábado, enero 19, 2019
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A palos

Una reportera húngara estira la pierna para tirar al suelo a un pobre hombre, un humilde entrenador de fútbol sirio, y al chiquillo que lleva en brazos. Unos encapuchados, alrededor de doscientos, recorren las plazas de Estocolmo buscando refugiados a los que linchar. Los guardacostas turcos esperan con largos bastones a las embarcaciones repletas para, cuando se acercan, descargar sus varas sobre las personas indefensas.

Europa está recibiendo a los refugiados a palos, construyendo prisiones al aire libre como la de Idomeni, entre Grecia y Macedonia, donde 19.000 personas se hacinan en la miseria durmiendo en un suelo embarrado, entre la basura y los charcos de agua enfangada. No son veinteañeros supuestamente peligrosos: la mitad de los habitantes del poblado son niños.

Mientras ellos sufren el crudo invierno a la intemperie otros se escudan en que esa gente tendría que regresar a su tierra, o en que entre ellos puede haber terroristas camuflados, o en cualquier otra excusa que permita mirar hacia otro lado. Intentamos constantemente no sentir en nuestras carnes el sufrimiento de los que lo dejan todo y se lanzan a una aventura incierta con la esperanza de encontrar una pizca de caridad en la Europa cristiana… que dejó de serlo. La seguridad, el dinero, el crecimiento económico, estos son los dioses que nos guían y en los que hemos puesto nuestra esperanza, también los cristianos. Y esto no sólo pasa en Europa. Sucede lo mismo con la llegada de mexicanos a los Estados Unidos o con los movimientos de población en cualquier parte del mundo.

Basta ya de cálculos que no son más que mentiras. Ser de Cristo, ser misericordiosos -nos dice el Papa en estos días- “es seguir a Jesús en el camino del servicio”, y recordaba la Primera Carta de San Juan: “no amemos solamente con la lengua y la palabra, sino con obras y de verdad”.

El buen samaritano no se anduvo con tantas cuentas y remilgos. Antes que él pasaron el sacerdote y un levita, que tal vez tenían prisa o no querían problemas, pero el samaritano no preguntó nada ni le importó si aquel hombre tirado en el camino era de su tribu, no miró color o ideología. Él lo recogió y le ayudó, porque era su prójimo.