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Él nos cambiará el corazón

El pasado 18 de junio se cumplió un año desde la aparición de la Encíclica Laudato Si’, que creó una enorme expectación especialmente por un motivo: porque puso de manifiesto que Cristo tiene que ver con todos los aspectos de la vida y que nos proporciona una mirada que ayuda a comprender y juzgar la realidad. Toda la realidad.

Leo también esta semana un valiente artículo publicado por Monseñor Javier Martínez, Arzobispo de Granada (España), en este mismo sentido (“Materiales para una política teológica cristiana” se llama el texto). En él se defiende que hay una economía, una sexualidad, una política propiamente cristianas. Es decir, que es posible estar cerca del Señor, buscarle en todo y en todos, en cada cosa y actividad, y así no ser un títere más en manos de los poderes de este mundo. Santo Tomás de Aquino repetía constantemente que todos los actos humanos tienen como fin último a Dios mismo.

Es verdad que tantas veces nos dejamos caer en los brazos de los ídolos paganos que nos rodean y que prometen transformar la existencia a través del dinero, el reconocimiento, el éxito o, qué sé yo, tantas cosas. Es una gran mentira y ya lo sabemos, no solo los creyentes. Sin embargo, ¿cómo resistir? ¿cómo vivir de otra manera? ¿quién podrá “añadir a su estatura un codo”? Nos parece imposible.

No. No es imposible y, les diré más, ni siquiera difícil, solo que no podemos conseguirlo por nuestros esfuerzos. ¿Ven al águila cómo vuela en las alturas? No parece que le resulte muy complicado hacerlo, y sin embargo nosotros no gozamos de esta capacidad que ella ha recibido como un don. Pues bien, Dios también puede abrazar el regalo que ya somos y colmarlo con Su gracia. Lo recordaba Francisco este sábado pasado: “Cuántas veces decimos ‘tengo que cambiar, no puedo seguir así’, ‘mi vida por este camino no dará frutos’ (…) Mientras que “Jesús, a nuestro lado, con la mano extendida nos dice ‘Ven, ven conmigo. Yo haré el trabajo, yo te cambiaré el corazón, te cambiaré la vida’”. Y a nosotros solo nos queda decir “sí”, como la Virgen, como Pedro ante el Resucitado, como los santos. “Sí”. Esa es la puerta de la felicidad.