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Aprender a cambiar de decisiones

Cada decisión se toma desde datos conocidos. Los instrumentos útiles que tenemos en la oficina, el tiempo supuestamente previsto para desarrollar este proyecto, la competencia de quienes pueden poner manos a la obra.

Una vez que la mente reflexiona sobre estos datos, la voluntad puede decidir. La decisión será mejor o peor, adecuada a las metas o poco realista, pero siempre es consciente.

Ocurre que algunas personas se amparan en el hecho de haber reflexionado para encerrarse en sus decisiones y así negarse a modificarlas. Afirman que tras haber analizado varios aspectos, hubo claridad de mente y que no desean cambios.

En realidad, un aspecto propio del ser humano es la apertura a nuevos elementos, a datos que pueden ser vistos con perspectivas enriquecedoras, a la escucha de pareceres que llegan desde mentes con ideas diferentes.

Por eso el arte de cambiar decisiones se construye desde mentes abiertas y corazones sencillos que no cierran la puerta a la escucha y que consideran continuamente nuevas dimensiones que permiten ver más allá del propio punto de vista.

Ello no implica tener que estar continuamente replanteándolo todo. Hay decisiones que vale la pena mantener también después de haber escuchado opiniones muy interesantes. Pero en otros casos, muchos más de los que imaginamos, un cambio de decisiones permite ajustar mejor los medios para alcanzar las metas deseadas.

Entre las decisiones que entretejen la biografía de las personas y los grupos, hace falta una mayor atención a las posibilidades de cambio cuando está en juego el bien temporal y eterno de otros. Porque una opción que pueda alejarnos de Dios y apartarnos de la justicia merece ser superada, y porque otra opción ya de por sí buena siempre es susceptible de mejoras.

Cada día está tejido de pequeñas y grandes decisiones. Aprender a cambiarlas con la mirada puesta en Dios y en los seres que caminan a nuestro lado permitirá corregir errores dañinos y avanzar hacia mejoras que, esperamos, construyan un mundo un poco más feliz, más justo y más abierto al cielo.

Por el P. Fernando Pascual