sábado, agosto 18, 2018
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La voluntad del Padre

La oración es para Cristo mucho más que la respiración de su alma. Es el signo visible de ese contacto permanente con quien le envió. Efectivamente, todos los momentos importantes de Jesús están marcados por esta comunicación con el Padre.

Pero se trata de algo más hondo aún que la oración. Es que toda la esencia de la vida de Jesús se centra en el cumplimiento de unos planes establecidos previamente por su Padre. La religión, en la mente de Jesús, es simplemente un ejercicio de obediencia. Hoy no nos gusta a los hombres esta palabra, pero sin ella no puede entenderse ni una sola frase de la vida de Jesús. Durante toda su vida escrutará la voluntad de Dios, como quien consulta un mapa de viaje, y subirá hacia ella, empinada y dolorosamente.

Toda su vida estará bajo ese signo: Irá al Jordán para que se cumpla toda justicia (Mt 3,15). Al desierto será empujado por el Espíritu (Mc 1, 12). Rechazará al demonio en nombre de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4,4). Cuando alguien le pide que se quede en Cafarnaún dirá que debe predicar en otros pueblos pues para eso he salido (Mc 1, 38). Un día afirmará que su comida es hacer la voluntad de aquel que me ha enviado y acabar su obra (Jn 4, 34). La voluntad de Dios es, para él, un manjar. Él tiene hambre de esa voluntad, como los hambrientos de su bienaventuranza.

Hay un momento en que el peso de esta voluntad parece desmesurado. Es aquel en que le dicen que, mientras predica, ahí están su madre y sus parientes. Y él, pareciendo negar todo parentesco humano, responde: He aquí a mi madre y mis hermanos. Quien hiciere la voluntad de Dios, ese es mi hermano, y mi hermana y mi Madre (Mc 3, 32). Ese cumplimiento es para él más alto que los lazos de la sangre que le unen con su madre.

Esta voluntad es, en realidad, lo único que le interesa. No duda en abandonar a los suyos –primero por tres días en el templo, luego por tres años a su madre –por cumplir esa voluntad. Ante ella desaparecen todos los demás intereses.

No le retienen cautivo las cadenas doradas de las riquezas, no le preocupan los honores de la tierra, huye de los aplausos. Incluso evita hablar de sus milagros. Porque sabe que éstos sólo tienen sentido en cuanto realización de esa voluntad.

Pero hay en la vida de Cristo una obediencia central: la de su muerte. Que no dura sólo las horas del Calvario, sino todos los años de su existencia. No ha existido en toda la historia del mundo un solo hombre que haya tenido tan claramente presente en todas sus horas el horizonte de la muerte. Jesús sabe perfectamente que tiene que ser bautizado con un bautismo, ¡y qué angustias las suyas hasta que se cumpla! (Lc 12,50). Jesús vive en esa espera con serena certeza.

Bajo el signo de esta hora amenazante vivirá. Y no será sencillo entrar esa estrecha puerta señalada por la voluntad del Padre. La agonía del huerto es testigo de que esa obediencia no es sencilla. El Hijo quisiera escapar de ella y sólo entra en la muerte porque la voluntad del Padre así le muestra, tajante e imperativa, no retirando el amargo cáliz de sus labios.

Pero nos equivocaríamos si sólo viéramos la cruz que hay en esa obediencia. En realidad, la voluntad del Padre es el amor del Padre. Jesús está abierto a ese amor, del que la sangre es una parte. Y está abierto con verdadero júbilo. Porque todo es amor. Como el Padre me amó, yo también os he amado; permaneced en mi amor, como yo guardo los preceptos de mi Padre y permanezco en su amor.

Cuando Jesús hace un balance de su vida en el discurso del jueves santo se siente satisfecho mucho más por haber cumplido la voluntad del Padre que por el fruto conseguido: Yo te he glorificado sobre la tierra – dice con legítimo orgullo – llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar (Jn 17,4). Y en seguida añadirá bajando al fondo del misterio: Que todos sean uno, como tú, Padre estás en mí y yo en ti (Jn 17,20).

Queridos hermanos, pidámosle al Señor que nos regale también a cada uno de nosotros esa profunda unidad de vida, de amor y de voluntad con el Padre.

Por el P. Nicolás Schwizer