viernes, diciembre 7, 2018
Home > Análisis > La mano y el codo

La mano y el codo

La mano es uno de los miembros más maravillosos de nuestro cuerpo. Dios, al darnos dos, pensó quizá proveernos de refacción en caso de desgracia. Nuestras manos son imagen de su poderosa y providente protección. Estamos en las manos de Dios.

En todo encuentro personal nos “damos la mano” para saludarnos o despedirnos, y allí se percibe el calor y el tono de la comunión. Hablamos del “apretón de manos”, de la “calidez del saludo” o del quedarnos con “la mano tendida”. El pretendiente caballeroso “pide la mano” de su esposa, no la arrebata ni la abandona: van “de la mano”. Las manos son, con el rostro, nuestra definición.

Con la mano bendice el sacerdote a sus fieles y los padres a sus hijos. Elevadas al cielo son  oración y, extendidas, petición. La mano no está hecha para maldecir. A lo más sirve, alzada, para rechazar al agresor, y necesita convertirse en puño para agredir o en “dedazo” para imponer. La mano es pura bendición. Es, por eso, imagen de Dios y fue instrumento privilegiado por Jesús para sanar, perdonar y salvar.

Jesús bendice posando su mano sobre los infantes en brazos de sus madres; cura imponiendo las manos sobre los enfermos, untando lodo en los ojos del ciego de nacimiento, introduciendo sus dedos en los oídos del sordo y tomando de la mano a la suegra de Pedro que ardía por la fiebre. La sensibilidad de Jesús percibe la mano de la mujer con hemorragias que toca su manto entre la multitud que lo estruja, y mira la mano de la viuda pobre que saca de su pañuelo dos moneditas y con ellas deposita su vida en la alcancía del templo. El suave tintineo de los dos centavos resuena en el corazón de Jesús y nos lo deja como modelo de generosidad y confianza, opuesto al estruendo de las monedas lanzadas a distancia por los ricos. Quisieron al final de su vida detenerle las manos con dos clavos, pero él se pone con confianza filial en las manos amorosas de su Padre.

Pero la mano también tiene su limitación, que así la expresa el dicho popular: “una sola mano no puede lavarse el codo”. Necesita de los demás. En las dos que Dios nos dio, nos entregó al prójimo. Necesitamos “tendernos la mano” unos a otros y conjuntar los esfuerzos en un “apretón de manos” fraterno, solidario y responsable. No bastan los golpecitos en la espalda de la politiquería ni el abrazo estruendoso del compadrazgo, sino que necesitamos mirarnos de frente y caminar juntos, anteponiendo el bienestar general al particular, el de todos al individual. Que en no hacerlo así consiste la corrupción. El egoísmo mata y la corrupción pudre, generando desconfianza y libertinaje social.

Con nuestra mano vamos a cruzar la boleta y a depositar el voto en la urna en las próximas elecciones. Hay que pensar en grande y actuar con corazón generoso para elegir a los servidores públicos, a quienes van a servir al país. Si pensamos sólo en quienes nos van a servir a nosotros, esos no sirven. Es complicidad. Necesitamos que nuestra mano, al depositar el voto y poner nuestra confianza en un candidato, esté limpia y sea solidaria con todos, buscando el común bienestar. Votar por interés egoísta es como darse un tiro en el pie. La tinta negra con que nos manchan la mano es señal de esa lacra social que tenemos que borrar: la desconfianza. Votar pensando en el bien de todos es comenzar a borrarla. Le llamamos “buscar el bien posible”.

Mario De Gasperín Gasperín