jueves, septiembre 20, 2018
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“Placuit Deo”: La salvación nos viene de Cristo a través de la Iglesia

La Congregación de la Doctrina de la Fe nos recordó esta semana una doctrina perenne de la Iglesia que sin embargo muchos encuentran difícil de aceptar, la de “nulla salus extra Ecclesiam”. Para ello publicó una carta titulada Placuit Deo para reafirmar la confesión de que la salvación nos viene de Cristo a través de su cuerpo, que es la Iglesia. En lo particular, la carta advierte contra el resurgimiento de dos herejías que niegan esta doctrina, el pelagianismo y el gnosticismo.

El pelagianismo, en breve, nos dice que basta que me porte bien, sea un hombre decente, para ser salvo. Dice que nos salvamos por nuestros propios méritos, no por los méritos de Cristo en la Cruz. Yerra en olvidar que nos portamos bien por la gracia de Dios, y yerra en olvidar que, aun cuando después de todo fueran nuestros los méritos (que es un error), no entraremos en la Fiesta Eterna nomás porque nos da la gana, sino en la medida que seamos invitados y aceptemos la invitación de Jesús (así y todo, la “fiesta” y la “casa” donde se celebra son suyas).

El gnosticismo, en breve, reserva la salvación a un grupo selecto y secreto de conocedores de los misterios arcanos por el mero hecho acceder a estos misterios tras ser elegidos por un grupo de “illuminati”.  Los gnósticos yerran porque la elección no viene de los “illuminati”, sino de Dios, y porque la elección de Dios no se reserva a petulantes que creen conocer por sí mismos los misterios, sino a todo el pueblo, especialmente la gente sencilla, a quienes Dios mismo se los revela.

La carta Placuit Deo tiene especial relevancia para los que ya somos católicos en el contexto de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, del papa Francisco.

Allí nos avisa de dos peligros de la mundanidad:

“Una es la fascinación del gnosticismo, una fe encerrada en el subjetivismo, donde sólo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos. La otra es el neopelagianismo autorreferencial y prometeico de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado. Es una supuesta seguridad doctrinal o disciplinaria que da lugar a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar. En los dos casos, ni Jesucristo ni los demás interesan verdaderamente. Son manifestaciones de un inmanentismo antropocéntrico. No es posible imaginar que de estas formas desvirtuadas de cristianismo pueda brotar un auténtico dinamismo evangelizador”

Estos peligros de mundanidad se manifiestan de varias maneras, según advierte el Papa:

“Esta oscura mundanidad se manifiesta en muchas actitudes aparentemente opuestas pero con la misma pretensión de «dominar el espacio de la Iglesia». En algunos hay un cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, pero sin preocuparles que el Evangelio tenga una real inserción en el Pueblo fiel de Dios y en las necesidades concretas de la historia. Así, la vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo o en una posesión de pocos. En otros, la misma mundanidad espiritual se esconde detrás de una fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, o en una vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, o en un embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial. También puede traducirse en diversas formas de mostrarse a sí mismo en una densa vida social llena de salidas, reuniones, cenas, recepciones. O bien se despliega en un funcionalismo empresarial, cargado de estadísticas, planificaciones y evaluaciones, donde el principal beneficiario no es el Pueblo de Dios sino la Iglesia como organización. En todos los casos, no lleva el sello de Cristo encarnado, crucificado y resucitado, se encierra en grupos elitistas, no sale realmente a buscar a los perdidos ni a las inmensas multitudes sedientas de Cristo. Ya no hay fervor evangélico, sino el disfrute espurio de una autocomplacencia egocéntrica”.

El Papa añade:

“En este contexto, se alimenta la vanagloria de quienes se conforman con tener algún poder y prefieren ser generales de ejércitos derrotados antes que simples soldados de un escuadrón que sigue luchando. ¡Cuántas veces soñamos con planes apostólicos expansionistas, meticulosos y bien dibujados, propios de generales derrotados! Así negamos nuestra historia de Iglesia, que es gloriosa por ser historia de sacrificios, de esperanza, de lucha cotidiana, de vida deshilachada en el servicio, de constancia en el trabajo que cansa, porque todo trabajo es «sudor de nuestra frente». En cambio, nos entretenemos vanidosos hablando sobre «lo que habría que hacer» —el pecado del «habriaqueísmo»— como maestros espirituales y sabios pastorales que señalan desde afuera. Cultivamos nuestra imaginación sin límites y perdemos contacto con la realidad sufrida de nuestro pueblo fiel”.

Recordemos pues que ni somos salvos por nuestros propios méritos, sino los de Cristo, ni somos salvos por nuestros conocimientos, sino por la revelación de Dios a través de la Iglesia, que es cuerpo místico de Jesús.

por Arturo Zárate Ruiz

Arturo Zárate Ruiz (México)
Arturo Zárate Ruiz es periodista desde 1974. Recibió el Premio Nacional de Periodismo en 1984. Es doctor en Artes de la Comunicación por la Universidad de Wisconsin, 1992. Desde 1993 es investigador en El Colegio de la Frontera Norte y estudia la cultura fronteriza y las controversias binacionales. Son muy diversas sus publicaciones.