La idolatría

La idolatría

Un desacuerdo entre los católicos y los protestantes evangélicos (y en general los iconoclastas) consiste en aceptar o no las imágenes en los templos.

Parecería que los segundos tienen las Escrituras de su lado para acusarnos a los católicos de idólatras, pues en el Éxodo leemos “No te harás estatua ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, abajo, en la tierra, y en las aguas debajo de la tierra. No te postres ante esos dioses, ni les sirvas, porque yo, Yavé, tu Dios, soy un Dios celoso”. Y en el Levítico leemos “No se hagan ídolos, ni levanten estatuas o monumentos, ni coloquen en su tierra piedras grabadas para postrarse ante ellas, porque yo soy Yavé, el Dios de ustedes”. Y, entre otros textos, en el Deuteronomio leemos “No te harás ídolos, no te harás figura alguna de las cosas que hay arriba en el cielo o aquí debajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. Ante ellas no te hincarás ni les rendirás culto; porque yo, Yavé, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian”.

Sin embargo en el mismo Éxodo leemos que Dios ordena a los israelitas que resguarden el Arca con unos querubines forjados con oro macizo, con las alas extendidas y sus rostros vueltos hacia la misma Arca. Y leemos en Números, entre otros textos, que Dios ordenó a Moisés que confeccionara una serpiente de bronce en un asta para que quien la mirara quedara curado.

Se deduce así que el problema de las imágenes no son las imágenes en sí, sino el confundirlas con el mismo Dios, algo así como confundir a tus seres amados con su fotografía, ciertamente el practicar supersticiones con las cuales pones tu confianza en una pata de conejo en lugar de acudir al Señor, o, digámoslo sin pelos en la lengua, confundir la Biblia con Dios mismo, como lo hacen algunos protestantes (por muy inspirada por Dios, no es Dios mismo; la Biblia es tan lenguaje humano como lo son las imágenes).

Si fueran las imágenes un problema en sí mismo, ni las fotografías de nuestros seres queridos (ni películas, la que sea, ni dibujos, ni nada de nada) serían permisibles, como lo exigen los iconoclastas extremos, entre otros, los musulmanes radicales. Si lleváramos esta prohibición al extremo no se permitirían ni las palabras, pues las palabras son también representación o imagen de lo que expresamos.

El problema de la idolatría consiste, pues, en algo diferente, en no amar a Dios sobre todas las cosas. El primer mandamiento lo advierte así: “No tendrás otros dioses fuera de mí”.

Sería sencillo practicar este mandamiento si consistiera en el mero deshacerse de las imágenes. Lo difícil de este mandamiento es que nos exige romper con todos nuestros apegos mundanos, aun los que nos parecen más nobles, en la medida que nos alejan de Dios. Jesús lo explica así: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no es digno de mí. El que antepone a todo su propia vida, la perderá, y el que sacrifique su vida por mi causa, la hallará.”

Si anteponemos, pues, aun el amor propio a la entrega de nuestra vida a Dios, entonces practicamos la idolatría. Y, ¡cuidado!, que podrían ser muchos nuestros ídolos: el dinero (por supuesto), nuestros placeres, nuestro trabajo, nuestras posesiones materiales, nuestra esposa o esposo, nuestros hijos, nuestros padres, nuestra familia extensa, nuestros amigos, nuestro país, nuestra comunidad, nuestras ideologías, nuestras diversiones, nuestras buenas obras, nuestra profesión, nuestra posición social, el respeto del mundo, nuestros gustos exquisitos, aun nuestras prácticas más religiosas si responden a nuestras preferencias y no las de Dios, es más, aun nuestras penitencias (como el ayuno, la oración y la limosna de Cuaresma) si buscan impresionar y ganar el aplauso del mundo, y no amar a Dios. Debemos pues, no amar a los ídolos, sino amar a Dios sobre todas las cosas. No hay de otra.

por Arturo Zárate Ruiz



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