jueves, octubre 18, 2018
Home > Análisis > Sexo y cristianismo

Sexo y cristianismo

Cristo, enseñando al ser humano cuál es su misión y su dignidad, también puso delante de nuestros ojos lo que es una mujer y la manera mejor y más elevada de vivir la sexualidad. En otras culturas, y en la nuestra conforme las huellas de la fe cristiana se desdibujan en la sociedad, somos cada vez más incapaces de mirar a las mujeres como templos del Espíritu Santo y de disfrutar verdaderamente del sexo.

Así de claro, y porque una cosa va unida a la otra: conforme no entendemos  cómo debe ser nuestra relación con la pareja dejamos también de entender que la complicidad, el afecto, la entrega y el amor son los elementos fundamentales del sexo, lo que lo hace más pleno y también más placentero. En esto, al hacer el amor, también los cristianos sabemos disfrutar del ciento por uno.

Quien paga por sexo, dice Francisco, no es un «cliente», sino un torturador. Quien no mira al otro sexo admitiendo, además de su belleza y sus formas bonitas, que es signo de la presencia de Dios es incapaz de amar, también dentro del matrimonio. Sólo Cristo hace posible el matrimonio, sólo Él provoca el milagro del amor humano duradero, que supone el encuentro de dos seres finitos que sólo pueden darse creciendo en el horizonte de un amor infinito.

Es verdad que los católicos hemos sido durante muchos años gazmoños y moralistas hasta aburrir, obsesionados con la cama y con los pecados de la carne. Estas obsesiones, que nacen de la hipocresía, anuncian siempre la crisis. Cuando nos tenemos que poner pesados, cuando los cuidados para el cumplimiento de ciertas normas se tornan groseros y excesivos, sirven para poner de manifiesto que esas normas están dejando de entenderse. Si esto pasa conviene concentrarse en vivir bien y dejar de darle la lata a la gente, que necesita más el testimonio que los sermones, sobre todo si los sermones no brotan del verdadero testimonio.

En Amoris Laetitia señaló Francisco la importancia de la educación sexual, sobre todo de una educación centrada en el pudor, si es que todavía entendemos lo que eso significa: el encuentro sexual como una entrega cuidada y amorosa en el que el deseo y el placer alcanzan su cumbre ante una explosión de afecto verdadero y eterno.

Por Marcelo López Cambronero