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Nuestra Transfiguración

Jesús les anuncia a los apóstoles su pasión y muerte, como también su resurrección al tercer día. Pero los apóstoles no lo entienden. Por eso, el Señor les manifiesta su gloria en la Transfiguración, como un anticipo de su gloria, después de su resurrección.

Ahora ¿Qué significó la transfiguración en la vida de los apóstoles? Ellos estaban acostumbrados al Señor. Lo veían todos los días, bebían y comían con Él, sabían todo lo que hacía, escuchaban interminables sermones. Y cuanto más lo escuchaban, menos atención mostraban, menos lo entendían, menos impresionados quedaban.

Entonces el Señor juzgó que esta situación no podía continuar, sino que los apóstoles necesitaban de una visión, de una transfiguración. Un día los toma aparte y los lleva a una montaña alta, según la tradición, el monte Tabor. Y en la soledad y el silencio, se sosiegan, aprenden a callarse, se liberan de sus preocupaciones y ambiciones humanas.

Están solos con Él: ahora empiezan a fijarse en Él, a mirarlo de veras, a conocerlo más hondamente. Y cuando oyen la voz de arriba: “Este es mi Hijo, el escogido, escuchadlo”, entonces se abren sus ojos y sus mentes y van sintiendo la presencia de Dios. Se dan cuenta de que Jesús es mucho más que un simple profeta. Están tan llenos de alegría que quieren quedarse para siempre allí arriba: “Que hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

¿Y nosotros? Me parece que también muchos de nosotros necesitamos, una transfiguración del Señor, como los apóstoles. Porque también nosotros estamos tan familiarizados a creer en Él, a oír hablar de Él, a rezarle oraciones a Él, que la rutina desde hace tiempo nos tiene cautivados.

Y lo que mata el amor, lo que destruye la fe, lo que deshace la Iglesia, no son las crisis ni las revoluciones, sino simplemente la rutina.

Nuestra transfiguración. El medio para recibir esa gracia de una visión, de una transfiguración es ahora el mismo que en aquel entonces. Tenemos que evadirnos de la rutina.

¿Cuándo hemos rezado, por última vez, durante un tiempo más prolongado, p.ej. durante toda una hora? Tenemos tiempo para cualquier cosa que nos interesa o nos parece importante. Pero cuán poco tiempo dedicamos al Señor: p.ej. para leer su palabra, la Biblia, para estar a solas con Él, para hablarle, para adorarlo, para conocerlo un poco más.

¿Por qué no le consagramos alguna vez una hora, dos horas, toda una tarde ‑ en un lugar silencioso de nuestro hogar, en la serenidad de la naturaleza?

Y si lo hacemos, entonces nuestros ojos se abrirán por fin. Comenzaremos a ver con claridad en Él y en nosotros mismos. Su presencia se convertirá en algo real y cercano. Podremos hablar con Él, en silencio, de cara a cara. Su deseo y voluntad se nos aparecerá con evidencia.

Y entonces quizás le diremos también nosotros, lo mismo que dijeron los apóstoles: “Señor, que bien estamos aquí. Ojalá pudiéramos continuar siempre como ahora”.

La Eucaristía, una transfiguración. En el fondo, esto es lo que debería suceder ahora, en cada Eucaristía, si asistiéramos con el corazón y con los ojos abiertos. Porque Jesús se hace presente en cada Misa. Él nos habla por medio de su Palabra. Y lo vemos sobre el altar, en su Cuerpo y su Sangre. En la comunión lo recibimos y unimos íntimamente con Él.

¿Cómo es posible, entonces, que no tengamos ganas de quedarnos aquí, junto al Señor? Ojalá pudiera alguna vez realizarse ese milagro: El milagro de que no tuviéramos ganas de marcharnos después de la Misa, de que deseáramos quedarnos aquí y levantar una choza, para eternizar ese momento feliz. Y, lugar para levantar chozas hay más que suficiente en todas las iglesias.

Esa sería la señal decisiva de que hemos comprendido algo, de que hemos asistido con un corazón abierto a la celebración, de que nos hemos liberado de la rutina y nos hemos dado cuenta de lo que sucedía realmente en la Eucaristía.

Padre Nicolás Schwizer