jueves, diciembre 13, 2018
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El Papa del pueblo, al pueblo

No sabemos escuchar ¡Cómo nos cuesta! Escuchar, escuchar bien, es en cierto sentido una forma (santa) de humillación, porque supone dejar nuestros juicios y moralismos apartados para que la voz del otro fluya sin obstáculos, para que nos llegue y nos permita comprender y acoger. Al escuchar nos hacemos prójimos y sólo después, sólo cuando hemos entendido, abrazado, perdonado, podemos realmente discernir.

El Papa Francisco escribió el 31 de mayo una carta al pueblo de Chile. A todo el pueblo, pero sobre todo al pueblo de los pueblos, al pueblo de Dios, a la Iglesia. El contexto y la crítica es muy clara: no se ha escuchado a las víctimas de los abusos sexuales. No se les dejó hablar con libertad, no se las atendió como se debía. Su experiencia y argumentos cayeron sobre un campo arado en el que sólo preocupaba la preparación del discurso, de la justificación, cuando no esconder datos o mirar para otro lado…

Hay que adoptar una posición terminante, dice el Papa, de “nunca más a la cultura del abuso, así como al sistema de encubrimiento que le permite perpetuarse”, siendo conscientes de que no basta sólo con nuestro esfuerzo o voluntad. Se trata de una verdadera postura moral, es decir, de cambiar, con la ayuda de Dios, nuestra relación con la realidad. Esto “exige trabajar entre todos para generar una cultura del cuidado que impregne nuestras formas de relacionamos, de rezar, de pensar, de vivir la autoridad; nuestras costumbres y lenguajes y nuestra relación con el poder y el dinero.” Entre otras cosas seguir este camino nos llevará, dice de nuevo Francisco y es muy importante, a “generar espacios donde la cultura del abuso y del encubrimiento no sea el esquema dominante; donde no se confunda una actitud crítica y cuestionadora con traición.”

La forma de estar ante los demás de un cristiano, por muy fuertes y claras que sean sus convicciones, ha de tomar como ejemplo a Cristo lavando los pies de sus discípulos, recogiendo su pecado. Podemos pensar, y sería un error, que es la Iglesia chilena la que necesita una renovación urgente. No simplifiquemos: somos cada uno de nosotros los que tenemos que dejar que Cristo nos cambie el corazón para abrirnos a una cultura del Encuentro.

Por Marcelo López Cambronero