jueves, noviembre 15, 2018
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Mártir en vida

Asia Bibi es una mártir sin muerte, quizá la primera mártir pakistaní conocida. Allí nació, allí se casó, allí vivió una existencia discreta, pobre, olvidada del mundo, hasta que la llevaron maniatada a una prisión, supongo que después de haber probado los sinsabores de un calabozo gobernado por policías que no le ofrecieron miramientos. La encerraron bajo el presunto delito de blasfemia, presunción que en Pakistán significa, sí o sí, que el delito se ha cometido.

Asia Bibi lleva arrestada casi diez años. Si damos por cierto que en Pakistán no se reconocen los derechos fundamentales, ¿se respetarán tras los muros de sus cárceles?…   Han sido casi diez años confinada, apartada de su esposo y de sus cinco hijos por un delito que no es delito, por más que se recoja entre los preceptos de una legislación enloquecida por el extremismo (iba a añadir “religioso”, pero nada tienen que ver los horrores vividos por Asia con la relación del ser humano con Dios). Unas vecinas la acusaron de blasfemia contra Alá y su profeta, después de un rifirrafe junto a un pozo. El juez ordenó la detención de Asia, su enclaustración en una celda y su posterior sentencia a muerte, avalada por un tribunal sometido al radicalismo. De nada sirvieron las peticiones de la Iglesia, la intercesión de dos Papas y de algunas autoridades civiles internacionales… Se ratificó aquella injusticia, aunque el cumplimiento de la sentencia fue demorándose, supongo que por razones de política exterior. Asia Bibi, después de tanto tiempo, de tantas oraciones por parte de sus hermanos repartidos por el mundo (qué es el cristianismo sino una hermandad universal), de tanto miedo… ha podido escuchar al fin la conmutación de su pena.

Bibi volverá a casa, aunque no sabemos en qué condiciones. Un decenio en uno de esos presidios debe dejar marcas terribles que no tienen marcha atrás. ¿Qué palabras crueles habrá escuchado? ¿Qué bazofia le habrán obligado a comer? ¿Cuántos golpes habrá recibido? ¿Y el frío? ¿Y el calor? ¿Y el empeño en instruirla en el Corán y la sharia? ¿Y las enfermedades?… ¿Acaso en Pakistán se preocupan por la salud de sus cautivos? Y sobre su cabeza, la espada del paredón, de la horca, del garrote vil, de cualquiera que sea el modo de acabar con la vida de un condenado. Y en el corazón su familia: despreciada a causa de la fe de Asia, perseguida a causa de la fe de Asia, señalada a causa de la fe de Asia y de su resolución a no abjurar de su bautismo. Qué difícil ser cristiano en una sociedad en la que impera el islamismo -que no el islam, aclaro-, donde a los cristianos se les califica de infieles, escoria, hijos del diablo. Qué difícil también para el marido y los cinco hijos de la presa. Qué difícil cuando su nombre y su situación ha pasado de cancillería en cancillería, de Papa en Papa, de asociación humanitaria a asociación humanitaria.

El tribunal acaba de conmutarle la pena, dejándola libre de cargos. El juez acaba de firmar el acta de su liberación… Gracias al Cielo, tras dos lustros de sufrimiento, Asia sigue viva. Pero aun con vida se ha convertido en mártir, en un Estado que no va a dejar de vigilar cada uno de sus pasos, que la acosará para que permanezca callada, que no le permitirá que se sienta protegida ni que reciba la admiración y el cariño del mundo, mucho menos disfrutar de la paz. Es lo que le ha sucedido a su esposo en estos larguísimos años, señalado por vecinos, quizás también por familiares, vigilado constantemente, espiado, fotografiado, tratado con el protocolo que solo merecen los terroristas. Y sus hijos, lo mismo, sobre todo desde que dejaron de ser niños, porque Asia Bibi va a encontrarse con que aquellos pequeños a los que dejo a la fuerza son ya hombres y mujeres, allí, en Pakistán, donde la infancia dura tan poco.

Juan Pablo II definió el siglo XX como la centuria de los mártires, pues nunca habían muerto a causa de su fe tantos fieles. En el siglo XXI las cosas no han cambiado; solo se han trasladado a regiones del mundo de las que apenas sabíamos nada. Son los mártires del patio trasero, del fondo de la casa, del desván… que con su sangre siguen sosteniendo esta Iglesia golpeada por todos sus costados.

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Por Miguel Aranguren

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