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Amarga navidad

En la entrada de su casa esperaba Javier a su esposa que permanecía dentro, ocupada con algunas cosas. Era 24 de diciembre. El ruido que producían los acelerones de los carros en las avenidas era exorbitante; la música en las tiendas comerciales y en los despachos de muchas oficinas invitaba a la nostalgia. Javier prendió el carro y su esposa en el interior acomodó al niño en su portabebés, era Javiercito, el primogénito, que tenía dos meses de nacido. La celebración de aquella noche especial se acercaba y la algarabía se escuchaba en todos los rincones de la ciudad. Pero había un lugar ajeno a este ambiente de alegría: era el cuarto del hospital donde se encontraba la mamá de Javier. Estaba en coma por una parálisis cerebral.

A Javier poco le importaba su mamá, mientras más tiempo estuviera separado de ella sería mejor. Por eso se dirigieron a la casa de su amigo Rolando, que había prometido armar una fiesta en grande. La música sonaba estridente mientras las copas de vino se repartían a todos los invitados. El lugar era un edificio de departamentos.

Javier y su esposa llegaron a la hora acordada y Rolando salió a recibirlos. Pronto les ofreció una copa de vino. Eva se negaba a la invitación pero su esposo la persuadió, lo importante era celebrar que estuvieran todos reunidos, como en sus viejos tiempos de preparatoria, y también brindar por el regalo que Dios les había concedido: darles un lindo bebé.

Conforme transcurría el tiempo el ambiente se hacía cada vez más fogoso. La música, el baile, las risas adornaban aquella noche. Javier invitó a bailar a su esposa que se resistía a dejar a su pequeño, pero él le insistió tanto, que al fin accedió.

El encargado de los departamentos, que era un viejo cascarrabias, celebraba ese día a su manera tomando con uno de sus ayudantes en su propio departamento. Su enojo por aquel escándalo aumentaba con el paso de la noche, al mismo tiempo que su embriaguez. En un momento se levantó, ya fuera de sí, y tomó su arma de fuego para dirigirse al departamento de Rolando con la  intención de darle fin a esa fiesta. Los gritos de los asistentes reclamaban la presencia inoportuna de aquel fulano que osaba interrumpir su diversión.

Empujones y gritos fueron las consecuencias de la trifulca, ante aquel hombre que amenazaba con su arma a todo el que quería intervenir. De pronto, ya con los ánimos encendidos y totalmente alcoholizado, empezó a disparar sin dirección alguna, como para asustar a los presentes. Entre varios hombres pudieron controlarlo y hablaron a la policía para dar fin al incidente. Entonces, unos gritos captaron la atención de todos, era Eva que al ir a buscar a su hijo, que había dejado acostado en uno de los sofás, lo halló ya sin vida, ensangrentado, pues una de aquellas balas, fatídicamente, le había alcanzado. Aquella noche que debía suscitar gozo y alegría, terminó en llanto y pena.

Es penoso constatar que mucha gente celebra el nacimiento de Cristo, Dios de la vida, con actos que llevan a la muerte. No hay conciencia  de lo que la Navidad significa, por lo mismo, tal acontecimiento no tiene resonancia en el corazón del hombre. La superficialidad al celebrar nuestra fe daña y desacredita la imagen del verdadero cristiano.

La Biblia señala que debemos ser ejemplo de vida para los que no conocen al Señor. «Lleven una vida ejemplar en medio de los que no conocen a Dios; de este modo, esos mismos que a ustedes calumnian y los tratan de malhechores notarán sus buenas obras y darán gloria a Dios en el día que los visite»  (1 Pe 2, 12). Porque aun cuando sabemos que nuestro modo de ser debe estar marcado por la alegría, no debemos convertirla en degradación o gozo pasajero. San Pablo nos dice: «Ustedes estaban muertos por las faltas y los pecados en que andaban. Se conformaban a este mundo y seguían al soberano que reina entre cielo y tierra y que sigue actuando en aquellos que se resisten a la fe. Todos nosotros fuimos de aquellos y nos dejamos llevar por las codicias humanas; obedecimos a los deseos de nuestra naturaleza y consentimos sus proyectos. Pero Dios, que es rico en misericordia, nos manifestó su inmenso amor, y los que estábamos muertos por nuestras faltas, nos dio vida con Cristo» (Ef 2, 2-5).

Navidad es mucho más que fiestas y regalos, es compartir la fe y el gozo de sabernos rescatados por el Hijo de Dios. Si queremos que en nuestros ambientes se terminen las tragedias que suelen darse en estos días, empecemos a dar testimonio del nombre cristiano, celebrando la Navidad  con una actitud nueva ante la vida, empeñándonos por lograr nuestros más loables anhelos, en el esfuerzo sincero y eficaz por dejar que Cristo se haga presente al encontrar corazones ardientes para amar, generosos para perdonar y dispuestos al sacrificio.

Seamos reflejo del amor de Cristo, con nuestras actitudes y con nuestras palabras.

Por Modesto Lule MSP