
Quien esté verdaderamente interesado en hablar de este tema constructivamente tiene que centrarse en él, y no en los bandos de discusión.
En estos días nuestra nación se ha visto envuelta en la discusión sobre una ley para regular el aborto. El escenario se ha interpretado desde distintas perspectivas. Unos ven el claro enfrentamiento entre una izquierda que intenta encajonar a la derecha hacia una postura incómoda e impopular, que permita a la primera recuperar terreno “votacional” con miras a las próximas elecciones.
Otros, como lucha de religión contra secularismo, donde la aprobación sería una victoria más para el segundo grupo y lo contrario para el primero. Otros más como el enfrentamiento entre las corrientes pro-vida y las de pro-elección, donde los primeros enfatizan la situación del concebido dentro de la madre y su derecho a vivir, y los segundos la situación de la madre embarazada y su derecho a elegir sobre su cuerpo.
Por último – sin ánimo de agotar todas las “facciones” posibles- hay quienes descubren en este escenario la batalla entre machistas (contra del aborto) y feministas (a favor). Y luego está el resto de los ciudadanos, gente sin facciones ni afirmaciones lapidarias, que entre tantas opiniones, declaratorias de guerra a muerte, acusaciones airadas y discusiones cargadas de tecnicismos, sólo queremos hacernos una idea objetiva del problema para formarnos una opinión.
Si algo ha mantenido en pie a nuestro país hasta el día de hoy, es que en el hecho de la diversidad lingüística, religiosa, ideológica, racial, regional y política, existe un sustrato común de mexicanidad que nos hace dialogar, a veces casi a cañonazos o con los fusiles a punto de soltarse a la primera chispa, pero al fin y al cabo también con una disposición de encontrar una solución que no implique callar al más débil por la fuerza. Y esa mexicanidad común, aunque tiene rasgos particulares y únicos, también en el fondo se cimienta en lo que nos une como seres humanos con el resto de los habitantes del planeta: la racionalidad, la capacidad de dialogar con el otro, de escuchar su punto de vista, de expresarle el propio y de llegar no sólo a un consenso que teóricamente mediaría entre las dos posturas iniciales, sino a un común reconocimiento de la verdad objetiva del asunto, ya sea que se encuentre en medio de las dos posturas iniciales, o más cercano a alguna de ellas.
Desde esta última perspectiva quisiera abordar el tema de esta nueva ley que se propone para legalizar el aborto en el Distrito Federal. Un punto esencial aquí es que todas las partes puedan dar su opinión, y se las escuche, antes de que se decida si se procede a la aprobación o no. Es imprescindible que –en este como en muchos temas más- dejemos de lado las etiquetas y los bandos (hace no mucho tiempo liberales y conservadores se debatían apasionadamente en el Congreso mientras los mexicanos perdíamos más de la mitad nuestro territorio) y procuremos llegar al fondo de los problemas para resolverlos.
Quien esté verdaderamente interesado en hablar de este tema constructivamente tiene que centrarse en él, y no en los bandos de discusión. Va de por medio la vida de muchos compatriotas. Que una resolución beneficie a izquierda o derecha, religión o secularismo, machistas o feministas, no es de por sí argumento válido. Un argumento vale si es cierto, independientemente de si lo dice un proelección o un provida. Mezclar en la discusión estandartes políticos o religiosos no ayuda mucho. A veces nos perdemos en quién habla y no atendemos a qué se está diciendo.
Vamos al meollo del asunto entonces. En el tema del aborto están involucrados tres partes: la madre, el padre y el concebido mediante su unión.
Que la madre es una parte y muy importante nadie lo negaría, es la más evidente y la que salta primero a la mente cuando se toca este asunto.
Del padre se habla poco, pero también tiene un lugar. El padre puede ser un depravado que violó, pero también podría ser alguien que en buena fe engendró al concebido voluntariamente y que está dispuesto a asumir su parte en la responsabilidad por él.
El concebido es el elemento más controvertido, de hecho aquí el lenguaje se estira hasta que no da más, para acomodar diversas posturas y bandos. Se le llama “embrión”, “feto”, “producto”, “niño”, y a veces solamente se lo entiende como “parte del cuerpo de la mujer” (es decir de la madre). Y posiblemente este es el punto que debemos analizar con detenimiento, porque de él depende todo lo demás.
Primero. De todas las veces que vamos a hospitales donde las mujeres dan a luz, podemos encontrar en las cunitas de los recién nacidos niñas y niños más o menos sanos; algunos tienen una deformación o enfermedad; otros nacieron antes y requieren estar en una incubadora. Pero lo que no vemos por ningún lado en esas cunas es, por ejemplo, un ballenato, un becerrito o un koalita. Nacen seres humanos.
Segundo. Esos seres humanos que nacen no son esencialmente distintos de cualquiera de nosotros. No llamaríamos a uno de esos pequeños “adulto”, pero tampoco pretenderíamos que no tienen una dignidad como la nuestra. No pueden hablar, no manejan coches, no pueden moverse por sí mismos, no ven bien, no saben álgebra, ni química, ni política internacional…, es más, no pueden ni llevarse a la boca el alimento que necesitan, sólo respiran y lloran. A nadie se le ocurre decir que porque les faltan todas esas cualidades no son humanos y se puede disponer de ellos, o se les puede eliminar para quitar un peso de encima a los papás.
Tercero. Un bebé no es esencialmente distinto de un embrión. La biología lo ha mostrado ya. La diferencia entre que tenga 2 ó 9 meses de concebido, o 2 años de edad, es sólo de grado. El niño de dos años puede tal vez caminar y hablar elementalmente, pero no por ello tiene más dignidad humana que el recién nacido o el recién concebido. Además, puesto que los seres humanos o somos mujeres o somos varones, ese embrión es ya una mujer o un varón. No sabe matemáticas, no sabe astronomía, no ha desarrollado sus habilidades motoras, pero sabemos que es un ser humano, no una ternera o un canguro.
El tema del aborto, con intención o no, se ha desfigurado y manipulado tanto que entre la izquierda, la derecha, la religión, el secularismo, lo provida o proelección, el machismo o el feminismo, nos hemos ido por las ramas y nos hemos olvidado de lo esencial. Hay que dejarnos de etiquetas y bandos que sólo nos dividen, y atender a quienes están en juego, tres seres humanos: la madre, el padre y el concebido. Los tres tienen que escucharse. Los tres tienen derechos. Los dos que ya son adultos tienen responsabilidades también. El problema no es si se despenaliza el aborto, o si hay abortos clandestinos. El problema es que hay que atender a la opinión del padre –y hacerlo responsable de su parte en la concepción-; hay que cuidar a la madre, que necesita ayuda, apoyo, comprensión; y hay que cuidar al concebido, que es ya mujer o varón, y que dentro de sus limitadas posibilidades está luchando por vivir: es un (ciertamente pequeño pero al fin) mexicano o mexicana que también merece una oportunidad y necesita protección y cuidado.
Una medida legislativa que deje de lado ya sea a la madre, al padre o a la mujer o varón concebido, necesariamente será muy polémica y no resolverá el problema de fondo. Volvámonos por una vez menos apasionados de los temas, quitémosle los condimentos, dejemos las ideologías de lado, razonemos juntos aquello que todos podemos ver, y decidamos en consecuencia.
