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El resucitado es la divina misericordia

Reflexión homilética 8 de abril de 2018

En el mundo entero se celebra este domingo al Señor de la Divina Misericordia.

Las oraciones del día se prestaban a ello desde hace cientos de años. Pero fue Juan Pablo II quien, viendo la providencia de Dios en los mensajes de santa Faustina, pidió que toda la Iglesia celebrara esta fiesta en la octava de Pascua.

Empecemos rezando esta oración que nos invita a agradecer al “Dios de infinita misericordia” el agua y la sangre que Jesús nuestro Redentor derramó en la cruz:

“Dios de misericordia infinita que reanimas la fe de tu pueblo con el retorno anual de las fiestas pascuales, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia para que comprendamos mejor la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del Espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido”.

  • Hechos de los apóstoles

La primera lectura nos recuerda cómo vivieron los primeros cristianos el “mandamiento nuevo” que nos dejó Jesús el primer Jueves Santo:

“El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma.”

Ninguno pasaba necesidad y lo más hermoso era que los miraban todos con mucho agrado, lo cual era fuente de conversiones.

Buena lección para todos los tiempos y en concreto para el nuestro.

Necesitamos ayudarnos y confiar unos en otros.

Necesitamos respetarnos y querernos.

Necesitamos acercarnos… porque vivimos en un mundo tan frío que muchos hermanos nuestros mueren de frío… en el alma, a pesar del calentamiento global.

  • Salmo 117

Este salmo nos invita a vivir en acción de gracias porque la Divina Misericordia es eterna.

Hoy como ayer, familia por familia y corazón por corazón, debemos repetir “eterna es su misericordia… Es un milagro patente: lo ha hecho el Señor”.

Es Él quien actúa en este día:

“Sea nuestra alegría y nuestro gozo”.

Sí. Ese gran día del desborde de la misericordia es la Pascua: Resucitó el Señor.

  • San Juan

El apóstol del amor nos recuerda el misterio del corazón abierto de Jesús y su Divina Misericordia:

“Este es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No solo con agua, sino con agua y con sangre”.

Todo esto es una maravillosa realidad, no es invento humano:

“El Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad”.

Aprovechemos la sangre de Cristo que significa la Eucaristía y el agua que es el símbolo del bautismo que nos trajo la vida de Dios.

  • Verso aleluyático

Dichoso tú, amigo, porque crees, sin haber visto al Resucitado.

Lo dijo el mismo Jesús a Tomás:

“Porque me has visto has creído: dichosos los que crean sin haber visto”.

Es decir, ¡tú y yo!

  • Evangelio

Podríamos decir que el Evangelio de hoy es el de los regalos.

Examina bien y mira cómo se derrama hoy la Misericordia Divina sobre la Iglesia primitiva como fruto de la resurrección de Jesucristo.

Y esa misma Misericordia se sigue derramando día a día hasta nosotros:

+ ¡La paz!

Esta paz es la del Resucitado, muy distinta de la que da el mundo y que fácilmente termina en guerra.

+ El envío

No es cualquier envío ni cualquier misión. Se trata de “como el Padre me ha enviado así también los envío yo”: a proclamar el amor y la misericordia.

+ El Espíritu Santo

Este Espíritu es el de la misericordia y el perdón para los que se arrepientan de sus pecados.

Jesús transmite su poder divino de perdonar a los apóstoles  y sucesores.

La segunda parte del párrafo evangélico de hoy pertenece a ocho días más tarde, cuando el Mellizo, Tomás, habla con gran exigencia diciendo que no creerá si no ve la señal de los clavos y mete el dedo en los agujeros de los mismos.

Y aún más: “si no meto la mano en su costado”.

Tomás ha sido una gran ayuda para nuestra fe:

+ Porque no fue crédulo aceptando sin más lo que decían sus compañeros.

+ Porque nos enseñó a rezar, y lo hacemos frecuentemente, con estas hermosas palabras:

“Señor mío y Dios mío”.

+ Porque nos consiguió a nosotros esta alabanza de Jesús que nos recordaba el verso aleluyático:

“Dichosos los que crean sin haber visto”.

Recemos unos por otros a la Divina Misericordia a fin de conseguir la paz que necesita nuestro mundo.

José Ignacio Alemany Grau