sábado, agosto 18, 2018
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Aunque concebida en una violación, mi hija merecía una oportunidad de vivir

Mi vida no es perfecta. A menudo me preguntan cómo logro tener una vida “perfecta”. Lo que aún me molesta son comentarios como “¡Guau! ¡Eres tan fuerte!” O, “¡Tu vida es tan perfecta ahora!” Estas declaraciones todavía me lastiman. Si todos pudiéramos ver detrás de las circunstancias de otra persona… Ojalá hubiera una manera más fácil de compartir lo que siento; ojalá que, simplemente, con apoyar una mano en mi hombro la gente pudiera tener instantáneamente un destello de mis vivencias y sentimientos. El mundo sería mucho mejor si conociéramos el dolor y el sufrimiento de los demás con facilidad. Podríamos empatizar mucho más de lo que nos imaginamos. Pero en lugar de eso, estoy escribiendo esto aquí y ahora, permitiendo que las emociones más profundas y dolorosas salgan a la superficie.

Tengo una hija increíble. Ella es perfecta y hermosa en CUALQUIER forma posible; por dentro y por fuera, ni siquiera puedo expresar el nivel de bondad y amor que ella posee. Vino a mí de la manera menos que ideal, una forma que muchos considerarían errónea. He pasado por una cantidad considerable de traumas en mi vida y eso me llevó a tomar muy malas decisiones cuando era adolescente. Esto incluyó la persona con la que me juntaba.

Cuando tenía 18 años, deseaba encarecidamente escapar de la vida que tenía. Aunque amo profundamente a mis padres y he perdonado todas las cosas que sucedieron, a la edad de 18 años, los odiaba y les guardaba mucho rencor. No fui lo suficientemente madura como para valorar su propia educación y lo que fueron sus vidas mientras nos criaban. Mi madre creció de forma comparable al libro, “A Child Called “It”” (Libro autobiográfico de Dave Pelzer víctima de brutales ataques e inanición por parte de su madre alcohólica). Huyó a los diecisiete años del tutelar de menores. Mi padrastro fue obligado por sus padres a abandonar la secundaria para vender cocaína. Él también fue fuertemente maltratado y atormentado cuando era niño. No conocían la forma correcta de ser padres. Entonces, cuando yo era adolescente, sólo sentía resentimiento y odio por ellos.

Terminé casándome con un hombre que apenas conocía, cinco años mayor que yo. Ahora me doy cuenta que estaba tratando de escapar de mi vida. Este hombre se había alistado recientemente en el ejército de los Estados Unidos; de ahí la necesidad del matrimonio, porque éste era un requisito para poder irme con él a Alemania, o al menos eso fue lo que dijo. Casarse no parecía “la gran cosa”.

Para narrar esta historia con brevedad, diré que pocas semanas después de llegar a Alemania, sufrí el abuso más brutal que he sufrido. La violencia era normal en el mundo que conocía, pero sabía que no era correcto este nivel extremo.

Estábamos aproximadamente a 50 minutos de la base militar en un pequeño pueblo llamado Arnstein. Uno de los vecinos escuchó mis gritos y llamó al polizei (policía alemana) y cuando llegaron, él ya se había ido. Por la cantidad de sangre que perdí terminé en una ambulancia y con pruebas exhaustivas en el hospital. Esto sucedió poco antes de Acción de Gracias, 2007.

La policía militar le dió un manazo, trabajos extra y confinamiento en la base. La policía alemana no pudo intervenir. Los militares se negaron a concederme el regreso temprano a dependientes para devolverme a los Estados Unidos. Además, estaba completamente aislada, dado que no tenía acceso a teléfono, Internet ni a la cuenta bancaria, y estaba sumergida en una cultura y un idioma del que no conocía en absoluto.

A los 18 años por supuesto, era ingenua, y estaba confundida, me sentía la persona más indefensa del planeta. Dejaré muchos detalles intencionalmente porque voy a pasar por alto el período de depresión y ansiedad que siguió y saltar al Día de San Valentín, 2008. Mucho sucedió mientras tanto, pero no es relevante ahora para el propósito que tengo al compartir esta historia.

Sin previo aviso ni notificación de ningún tipo, a mi abusador se le permitió “darme una sorpresa” para el Día de San Valentín. Apareció y me violó violentamente varias veces. Una vez más, se involucró la policía militar, requerí hospitalización, pero la situación no mejoró en absoluto, sólo otro manazo. Todos los soldados que trataron de ayudarme fueron amonestados y obligados a no intervenir a riesgo de su propio castigo.

En lugar de ayudarme, me aconsejaron que asistiera a consejería matrimonial. Me dijeron “no puedes ser violada si estás casada legalmente”. Me hicieron sentir como la mala en esa situación. Me dijeron que no estaba apoyando a mi soldado, que no entendía las tensiones por las que pasan los militares. Él nunca había estado en combate hasta entonces, por lo que estas declaraciones me parecían completamente fuera de lugar.

Llegué al punto de querer quitarme la vida. No sabía que estaba sufriendo un trastorno de estrés postraumático severo. No sabía cómo salir de Alemania, y si lograba escapar e irme, no tenía a dónde ir. Hice algunos amigos, aprendí algo del idioma, pero nada que me diera una razón real para querer seguir viviendo. Me culpaba a mí misma por todo y me permití creer que todo era culpa mía. Si no lo hubiera hecho enojar, si no me hubiera casado con él, si no hubiera salido de Nebraska, si no hubiera creído todas sus mentiras, si fuera más inteligente o más fuerte… Todos estos reproches me pasaban por la cabeza una y otra vez.

Mientras planificaba mi muerte, porque no quería fallar en eso también, tuve los peores síntomas de influenza de mi vida, que duraron más de un mes. Supuse que el estrés estaba debilitando mi sistema inmunológico tan fuertemente que, simplemente, no podía recuperarme. Finalmente fui al hospital y llegar fue toda una aventura por decir lo menos, confiando en el transporte público para llegar a la ciudad sin saber nada. Afortunadamente, los alemanes son personas encantadoras y muy solidarias a pesar de que no sabían lo que estaba diciendo. Le dije al conductor del autobús, “Krankenhaus” (hospital), y con eso bastó para recibir su ayuda. Otras personas en el autobús también me atendieron: ofreciéndome agua, una bolsa para las náuseas, hasta una señora me frotaba la cabeza y me cantaba en voz baja. Fue la sensación más maravillosa del mundo el recibir una pequeña cantidad de amor después de tantos meses y meses sin recibir ninguno.

Al llegar al hospital, descubrí que estaba embarazada. Tenía Hiperemesis Gravídica, que es una versión extrema y debilitante de las náuseas matutinas. Aunque mi embarazo estaba mucho más avanzado que la mayoría cuando me enteré, los médicos no conocían mi situación de abuso de las hospitalizaciones previas. El médico me hizo saber con cariño y ternura que yo podía realizarme un aborto, y me aseguró que podría medicarme en exceso durante los días siguientes para aliviar el dolor.

El mundo se cerraba ante mis ojos. Las noticias parecían surrealistas y casi como una experiencia fuera del cuerpo. Puedo revivir ese momento como si fuera ayer porque me impactó mucho. No crecí en un hogar pro-vida ni en un entorno que condenara el aborto. Muchas amigas de la preparatoria habían abortado o tomaban las píldoras del día siguiente regularmente. Tuve una amiga que viajó internacionalmente y después vendió las pastillas del día siguiente en la escuela. No debería haber sido un gran problema para mí hacerlo en ese mismo momento. Pero simplemente, decidí pensarlo, luego recibí líquidos y nutrición por vía intravenosa y me fui a casa.

Finalmente, mi violador-abusador descubrió que estaba embarazada. Volvió a donde yo residía, nuevamente sin anunciarse, con el pretexto de celebrar la noticia del bebé, y procedió a tratar de eliminar a golpes la evidencia de su violación. El tiempo de embarazo coincidía perfectamente con mi “presunta” violación. Él había negado todo, incluso cualquier encuentro sexual y este embarazo solo revelaría la verdad. Mientras me ahogaba en el suelo, miré hacia el techo perdiendo el conocimiento; y esa fue la primera vez que sentí a mi bebé patear antes de desmayarme.

Cuando desperté mi violador-abusador se había ido. Me sentí mareada y confundida. De repente, recordé la patada. Lloré durante horas, no llorando por lo que él me había hecho, sino lloraba al darme cuenta de que simplemente no podía matar a este niño. No tenía sentido quedarme con el bebé en mis circunstancias. No tenía sentido. Sin embargo, no tenía forma de decidirme a abortar.

Hago este largo, pero extremadamente acortado resumen de cómo nació mi hija para llegar a dónde me encuentro ahora. No escondo mi vida. Intento ser sincera y honesta sobre todo lo que he vivido para que, quizás en algún lugar, alguien lea mi historia y vea la luz al final del túnel.

Pero, no tengo una vida perfecta. Han pasado diez años y no lo he superado del todo. No estoy cerca de ser perfecta y no me gusta la presión que las declaraciones me hacen sentir. Hice lo que toda madre debería hacer: luché por mi hija. No soy un ejemplo perfecto de resistencia y fuerza. Fue duro, me lastimó inmensamente, todavía tengo pequeños momentos de ansiedad y problemas relacionados con el síndrome de estrés postraumático. La experiencia me ha dado tantas cosas buenas, incluida mi hija, pero no, no fue fácil. Cometí muchos errores y continuaré haciéndolo. Pero, estoy muy feliz. Hoy tengo un esposo maravilloso y cuatro hijos increíbles, y mi hija mayor es la mejor hermana mayor del mundo.

¿Qué aprendí?

1. Somos más fuertes de lo que sabemos. No pensé que podría sobrevivir experiencias tan traumáticas, pero sigo haciéndolo. Lo hago productivamente y de manera positiva.

2. Mi hija es inteligente, hermosa, servicial, compasiva y todo lo que alguien podría desear al tener un hijo. Ella merecía la oportunidad de vivir, ya sea conmigo o con otra familia. Ella tiene mucho que aportar a este mundo y estoy contenta de no haberle negado a ella ni al mundo su presencia.

3. Mi sufrimiento no fue en vano. El propósito de todo lo que soporté no fue destruirme, sino que me ayudó a ser una mejor persona. Tengo la empatía y la compasión que nunca antes había sentido. La intensidad del amor que siento por otras personas ahora es indescriptible.

4. Aprendí a perdonar fácilmente. Perdoné a muchos. La ira y el resentimiento que una vez sentí por varias personas se ha ido. Tener la luz brillante de mi hija me ayudó a recuperarme del trauma y también a perdonar a los que me lastimaron.

5. Mis cargas se aligeraron. Puedo ayudar a otros a aprender a hacer lo mismo lo mejor que pueda. Pasó el mayor tiempo posible ayudando a otras mujeres en situaciones difíciles. Después de abortar o no, las mujeres que han pasado por esto necesitan amor y compasión.

6. El sistema judicial está severamente roto y sólo aquéllos que lo intentan pueden cambiarlo. Las batallas legales que siguieron, así como la falta de asesoramiento y apoyo disponible fue trágico. Veo por qué tantas mujeres se quedan con sus abusadores, o por qué pierden la esperanza y recurren a las drogas o al suicidio. El sistema militar está fracturado y necesita grandes cambios para que las mujeres superen este tipo de situaciones. ¡Las leyes deben cambiar! Los niños concebidos en violación deben estar protegidos legalmente. Todavía hay un puñado de estados que permiten a los violadores retener los derechos como padres incluso después de que se haya comprobado la violación.

7. Estos bebés no solo merecen vivir, sino que también ofrecen la posibilidad de enjuiciar a los violadores y posiblemente dar un bebé para una familia que estaría encantada de adoptar.

Terminaré diciendo que ahora sé mucho más de lo que sabía entonces. Si necesitas ayuda, hay sitios donde ir, pero pueden ser difíciles de encontrar. No te rindas. No permitas que el abusador o violador tome el control de tu vida. ¡Tienes que pelear! No parece justo y sé que esto es lo más aterrador que jamás harás, pero no te des por vencida ni por ti, ni por tu hijo. La violación siempre estará ahí, pero no te define. No eres una víctima, eres una sobreviviente. Permite que tu hijo sea un sobreviviente también. Permite que ese bebé tenga la oportunidad de vivir y ayude a cambiar el mundo.

por Heather Hobbs

Salvar El 1