viernes, noviembre 16, 2018
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La columna de la flagelación

El Evangelio refiere que “Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle” (Jn 19, 1). En efecto, Nuestro Señor fue azotado públicamente atado a una columna para ser sometido a la pavorosa flagelación, ejecutada por dos verdugos que se valieron del flagrum romano, mediante un instrumento de tortura generalmente mortal por su efecto de desangrar y descarnar.

Jesús fue atado a esta columna en forma tal que sus verdugos pudiesen tener su espalda ampliamente expuesta ante ellos a fin de flagelar desde los hombros hasta la porción inferior de la espalda y los muslos en su parte posterior.

El instrumento de tortura empleado fue el flagrum romano, un flagellum de tres correas con mancuernas de plomo, ganchos y huesos de cordero atados en sus extremos con la finalidad de golpear, desangrar, desollar y descarnar. Este tipo de flagelación romana no era limitada por un número de azotes, como lo era la flagelación judía, sino por la consigna de que el sentenciado quedase desfigurado, abandonado a la infame fantasía de los verdugos.

Los ejecutores de tan terrible sentencia que flagelaron a Jesús no eran propiamente romanos, sino orientales obligados por los romanos al servicio militar: eran sirios, griegos y samaritanos que sentían hacia los judíos un profundo odio por sus ínfulas de pueblo elegido, que les parecían más bien un orgullo vacío. Para ellos, golpear era un extraño placer, un incomprensible desahogo.

Jesús, en su cuerpo de hombre, se abrazó a la columna, apretó los dientes, escuchó las risas y los jadeos de los que lo flagelaron hasta que su espalda quedó como un campo arado con largos surcos azules y morados. Sus ojos borrosos ya no podían ver la sangre que por sus pies resbalaba hasta el suelo. Los verdugos ya no medían los golpes y herían sus piernas, su cintura, su pecho, hasta que el tribuno responsable de detener el tormento antes de que muriese, detuvo los flagelos, que quedaron suspendidos en el aire. Los verdugos quedaron sudorosos, fatigados, extenuados, y como felices de haber descargado su incomprensible odio.

El enlosado del patio de la flagelación quedó inundado por la sangre del Señor y salpicado por fragmentos de su carne en torno a esta columna. El mismo Poncio Pilato, su injusto juez, quedó tan sorprendido al verlo tan desfigurado en su aspecto, con algunos de los huesos de su espalda expuestos a la vista, que quiso destacar el desastre provocado, sin remedio, con la fatídica expresión Ecce homo “He aquí al hombre” (Jn 19, 5). Sin embargo, basta conocer algo de la crueldad de esta tortura para mirar con severidad al hombre que la ordenó.

En esta columna vio su cumplimiento la profecía: “Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus llagas hemos sido curados. Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como una oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca. Tras arresto y juicio fue arrebatado, y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa? Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido” (Is 53, 3-8).

Una parte de la columna se conserva en la basílica del Santo Sepulcro, en Jerusalén; la otra parte, que se encuentra en la pequeña, aunque bellísima iglesia de santa Prassede -ubicada a dos cuadras de la basílica de santa María la Mayor en la ciudad de Roma- es de mármol blanco veteado en negro, mide 50 centímetros de altura, 32 centímetros de ancho en la base y 20 centímetros en la parte superior, donde se encuentra una argolla de hierro a la que posiblemente fue atado Jesús.

Esta reliquia fue llevada a Roma en el año 1213 durante el pontificado de Inocencio III y colocada en la pequeña capilla de la iglesia de santa Prassede, donde se conserva hasta nuestros días, expuesta a la veneración de los millares de fieles que acuden a contemplarla, dentro de un gran capelo de cristal que la protege, a la vez que le sirve también de relicario.

Por Roberto O’Farrill / verycreer.com