lunes, septiembre 17, 2018
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Llegué a confesar y a perdonar a mi padre

Yo podría estar en un tacho de basura, pero a mí se me dio la vida. Mi madre, María Eufemia Armijos Romero, siendo todavía muy joven –recién había cumplido los 13 años- limpiaba y cuidaba una casa en Loja (Ecuador) para ayudar a sus padres y a sus siete hermanos. El dueño de la casa, aprovechando que estaba solo, abusó de ella y la dejó embarazada.

A pesar del rechazo de su familia que no quería que naciera el bebé –le golpearon en la barriga y le dieron bebidas para que abortara- mi madre siempre defendió la vida de su hijo y, al verse sola y sin apoyo, oró y sintió en su corazón que el Señor le decía: Defiende la vida de ese niño.

Mi madre, entonces, huyó de Loja hacia la ciudad de Cuenca donde sobrevivió por sus propios medios. El domingo 10 de octubre de 1971 a las 10:00 a.m., en un parto lleno de complicaciones por su corta edad y su pequeña contextura, nací yo, con algunos problemas respiratorios que el amor y cuidado de Dios padre y de mi madre me ayudaron a sanar.

Después de un tiempo y con la ayuda paterna, mi madre regresó a Loja para empezar una vida como madre soltera. Le tocó quedarse a cargo de mi padre, quien aceptó reconocerme y hacerse cargo de mí, pero eso no quiere decir que las cosas habían sanado entre ambos.

Mi padre visitaba siempre la casa en la que vivíamos y cumplía con nosotros. Tuvieron tres hijos más y mi relación con él era distante pero buena. Le tenía mucho respeto, infundía autoridad, conmigo siempre fue muy exigente, me llevaba a trabajar con él.

Cuando cumplí los 16 años me invitaron a la Renovación Carismática donde tuve mi primer encuentro con Cristo, aprendí de su amor maravilloso y comencé a predicar y a dar catequesis en todo lugar que Dios me ponía, como los autobuses y el correccional de menores.

A mis 18 años sentí la llamada a la vocación sacerdotal e ingresé en el Seminario de Loja a pesar de la oposición de mi padre. Con un permiso especial de mi Obispo, debido a mi corta edad, fui ordenado a los 23 años: fue toda una bendición para mi vida.

Cuatro años después ingresé en el Camino Neocatecumenal y mi madre me contó, tras terminar la relación con mi padre, cómo vine yo al mundo. Eso marcó el punto de inicio para un camino de reconciliación de ambos. Ayudé a mi mamá a entender que no podía odiar a mi padre y que Dios la invitaba a amar su propia historia.

Con esta experiencia comprendí que siempre había predicado a los demás el amor de Cristo en sus vidas y ahora entendía el sentido de mi vida, Dios me permitía ser sacerdote no para juzgar sino para perdonar, para ser instrumento de su misericordia, y yo había juzgado mucho a mi padre por todo, un día llego la reconciliación y perdonando a mi padre le anunciaba, la vida eterna para él.

Años más tarde recibí una llamada de mi padre. Se iba a operar y le daba miedo. Me dijo: “Quiero que me confieses”. Después de unos 30 años que no comulgaba, mi padre regresó a la comunión, a la Eucaristía.

Yo le decía: “Papá, usted merece el cielo, el perdón de los pecados, la vida eterna, que disfrute del amor de Dios, así como la Iglesia a mí también me está haciendo ver el cielo”. En ese momento, los ojos de mi padre se llenaron de lágrimas. Luego lo más importante creo es el perdón que mi madre le ha dado a mi padre, eso gracias al amor misericordioso de nuestro Señor Jesucristo, que se ha manifestado en el caminar de la fe que están viviendo.

Cuando predico a madres gestantes que pasan por dificultades en la decisión de tener su hijo, les presento mi experiencia. Esto está en la Escritura, es el caso de Samuel, Jeremías, Sansón, Juan Bautista, etc. Dios es el autor de la vida, y a veces donde no puede darse la vida es donde el manifiesta su poder y su gracia; forma en el vientre la vida de un hijo, y le da una misión. Por esto, puede ser que trae sufrimiento, que trae dolor; pero les digo que un hijo trae la salvación, trae misericordia, bendiciones. Como Jesucristo que fue insultado, perseguido, ya desde niño fue causa de contradicción, en sus hijos reciban la bendición de Jesús.

Aconsejo a los hijos que conozcan bien sus propias historias. Siempre hay detalles de amor de Dios. Que aprendan a ver las cosas desde el amor de Dios. Uno puede enterarse de su historia y odiar la propia vida y juzgar a Dios como me había pasado a mí, pero descubrí que el amor de Dios estuvo ahí, cuidándome la vida.

Joven, si el padre de la tierra se ha equivocado y te ha fallado, el padre Dios nunca nos ha fallado. Si eres hijo de madre soltera debes ver en tu vida cómo el padre Dios te ha cuidado.

Pudieron haberme condenado a un montón de basura, pero se me dio la vida, y creo que la vida es una gratuidad; todo lo que tengo lo es: la vida en sí misma es un don exquisito que Dios nos da.

Biografía: El padre Luis Alfredo vive en Loja (Ecuador) donde desempeña su ministerio sacerdotal.

Por David Arboix / Salvarel1