lunes, septiembre 17, 2018
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Sentimentalismo, ley, amor, belleza y felicidad

Sobreabunda el sentimentalismo en este siglo que se precia de científico y racional. Lo podemos ver en las formas en que hoy se redactan las leyes, se concibe el amor, se reconoce la belleza y se persigue la felicidad.

El sentimentalismo consiste en sobreponer los sentimientos a la razón. Aristóteles lo advertía ya hace 24 siglos como una anomalía en las cortes de justicia griegas, por ejemplo, cuando un ladrón, tras cenarse diez reses del vecino, se justificaba diciendo, con lagrimones en los ojos, que su pobre familia de veinte hijos sufría mucho por el hambre.

Este sentimentalismo contamina hoy nuestras leyes. Es horrible que violen a una mujer y muy doloroso que por ello se embarace. Pero querer, por sentimentalismo, hacerle justicia a esta mujer permitiéndole abortar es acumular injusticia sobre injusticia, y masacre cuando se permite, por sentimentalismo extremo, el aborto a toda mujer que no desee el embarazo.

Este sentimentalismo falsifica el amor. Por este sentimentalismo se reduce el amor a mero afecto, incluso a mero deseo. Quien verdaderamente ama no se queda en disfrutar sentimientos bonitos. Quien verdaderamente ama procura el bien del ser amado, sienta maripositas en el corazón o no. El verdadero amor exige generosidad y servicio hacia los demás. Exige incluso sacrificios. Sin ellos, no hay amor. El sentimentalismo ha falsificado tanto el amor que su opuesto se identifica con un sentimiento, el odio. Lo que se opone de lleno al amor es el egoísmo. El egoísta en vez de dar quiere todo para sí; como el diablo, opta por el non serviam. Ojo, algunos dizque enamorados, cegados por los deseos de sentirse amados, en vez de amar pueden ser unos simples egoístas: “¡Quiero que me amen a míííííí!”

Este sentimentalismo confunde también el gozo dizque estético con la belleza, a punto de que hoy ya no se habla de los objetos artísticos sino de las “experiencias artísticas” de un público, experiencias que se pueden a veces obtener, con mayor intensidad y facilidad, tras drogarse. No nos debe sorprender entonces que mucho de los objetos artísticos que ahora se producen parezcan hechos por individuos drogados que buscan más bien experiencias y no producir belleza. Si uno no cayera en el sentimentalismo, uno podría entonces notar que hay características objetivas en la verdadera obra de arte que la hacen bella, por ejemplo, la perfección y el esplendor de una forma: su claridad, integridad y proporción. En cualquier caso, mientras perviva el sentimentalismo, la gente sensata preferiremos visitar ciudades, museos e iglesias antiguos en lugar de los esperpentos sentimentaloides que nos ofrece la modernidad.

El sentimentalismo incluso confunde la felicidad con el contento. El contento es un sentimiento de gozo y alegría que sigue del conseguir lo que uno quiere o lo que uno le place. Puede uno obtenerlo aun con deleites ilícitos. En cambio, la felicidad consiste, con sentimientos o no, en autorrealizarse. Y autorrealizarse consiste en crecer en la perfección. Así un manzano sería “feliz” si da muchas manzanas. Un hombre lo será si crece en bondad, si se convierte en un hombre virtuoso, en un hombre bueno. Por el sentimentalismo, porque en la cultura contemporánea sólo se acepta el contento, nos es difícil entender las bienaventuranzas. Eso de “feliz el pobre, feliz el que llora, feliz el perseguido…” ciertamente es difícil de entenderlo como “Mira, un tipo contento”. Pero si entendiéramos que la felicidad consiste en ser buenos, ya le veríamos algún sentido a esas bienaventuranzas.

Digo esto no por ser enemigo de los sentimientos o de las emociones. De hecho, me gustan. Pero ni los sentimientos ni las emociones, algo subjetivo, debemos confundirlas con los hechos, con la realidad, a la cual debemos acercarnos con la razón, a punto de descubrir en esa realidad misma los valores del bien, la verdad y la belleza.

Para lo cual las ciencias modernas no están preparadas, pues son ciegas a los valores.   Por lo cual no debemos olvidarnos de la sabiduría antigua y por supuesto tampoco de la luz de la fe, la cual, tras lo discutido aquí, resulta mucho más razonable que bastante del pensamiento contemporáneo.

Por Arturo Zárate Ruiz

Arturo Zárate Ruiz (México)
Arturo Zárate Ruiz es periodista desde 1974. Recibió el Premio Nacional de Periodismo en 1984. Es doctor en Artes de la Comunicación por la Universidad de Wisconsin, 1992. Desde 1993 es investigador en El Colegio de la Frontera Norte y estudia la cultura fronteriza y las controversias binacionales. Son muy diversas sus publicaciones.

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