lunes, abril 22, 2019
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El Dios que adoramos

En el salmo responsorial que recitamos el primer domingo de la santa Cuaresma, repetimos como estribillo: “Tú eres mi Dios y en ti confío”. Este versito contiene la profesión de fe que hacía el israelita cuando, ya en la tierra prometida, presentaba ante Dios sus ofrendas. Allí hacía la confesión pública de los beneficios recibidos por Dios, y lo adoraba prometiéndole fidelidad ante el peligro que experimentaba de caer en la idolatría, bullente en el país cananeo.

Esta profesión de fe en el Dios verdadero de Israel, nos la presenta la Iglesia al inicio de la Cuaresma para que reflexionemos y arranquemos nuestra conversión espiritual desde la raíz, desde la imagen que cada uno tiene de Dios. Esto por dos razones: 1°. Porque cada uno de nosotros tiene en su mente y en su corazón una representación de Dios, producto de su experiencia religiosa vivida en la tradición familiar, recuerdos del catecismo, predicación de su párroco y ahora manoseada por el progreso científico y de los medios de comunicación; 2°. Porque todos, absolutamente todos, estamos inclinados a la idolatría, es decir, a formarnos una imagen de Dios según nuestro gusto y conveniencia. En lugar de reconocernos como imagen y semejanza de Dios, de imitarlo y de obedecerlo, nos fabricamos mental y emocionalmente un dios a nuestra semejanza e imagen y queremos que él sea quien nos obedezca, satisfaciendo nuestros gustos. Ambas imágenes distorsionadas de Dios nos convierten muchas veces en idólatras sin saberlo y sin quererlo saber. Caemos así en un sopor religioso que nos hace sentirnos satisfechos con nosotros mismos, resultando así un cristianismo anestesiado incapaz de transformar la realidad.

En las “tentaciones” o pruebas que propone Satanás a Jesús y que él vence obedeciendo la palabra de Dios, tenemos las imágenes distorsionadas de Dios, que solemos adorar en nuestra vida. Ante el Diablo que aprovecha el hambre de Jesús para invitarlo a convertir las piedras en pan, Jesús lo manda a escuchar la palabra de Dios, que obliga a proporcionar pan no sólo para la mesa de Epulón, sino allegarlo a toda la humanidad. Eso hizo Jesús cuando multiplicó los panes. El Dios cristiano es el Padre de todos. En la segunda prueba, Jesús nos manda reconocer y servir sólo a Dios, no a los poderosos del mundo. Someterse a otro para sacar ventajas personales del poder económico o político, es hacerse partidario de la política de Satanás. Recordar que Jesucristo murió bajo el poder de Poncio Pilato. Emprender obras aparatosas para ganar prestigio y acrecentar la auto-falsa-estima, es robar la gloria y el honor que sólo a Dios corresponde. Todo acto ostentoso de culto exhibe al que lo practica como idólatra, adorador de los soberbios de este mundo, y no del Dios del humilde Jesucristo. Tres imágenes de Dios promovidas por Satanás y rechazadas por Jesús.

Es urgente revisar nuestra fe y purificar las imágenes de Dios en que sustentamos, muchas veces sin caer en la cuenta, una religiosidad pagana o idolátrica, que los hechos demuestran. Recurrir a la Palabra de Dios, estudiarla, meditarla y vivirla, no es sólo un consejo sino una obligación de todo católico para enderezar su fe y no errar en el camino de la salvación: “Porque basta que cada uno declare con su boca que Jesús es el Señor y que crea en su corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, para que pueda salvarse”, enseña san Pablo. En la celebración de la Pascua, el mayor y central misterio de nuestra fe, podremos comprobar quién es en verdad el Dios que adoramos.

Mario De Gasperín Gasperín