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El desprestigio de la maternidad

La maternidad no es algo que entusiasme hoy a muchas mujeres. Incluso no pocas casadas, de saberse embarazadas, se asustan más que si se les comunicara que tienen cáncer.  De hecho, donde está permitido el aborto, estas mujeres más se apuran para acudir al espanta cigüeñas que al hospital para extirparse un tumor.  No faltan entre ellas las naturistas que hasta mastican chicle “orgánico”, pero cuya enemistad con los “químicos” termina a la hora de ingerir anticonceptivos: los toman a puñados.

Sucede que si hoy muchos muchachos se resisten a casarse para evitar compromisos, muchas muchachas aun casadas se resisten a tener hijos porque los consideran un estorbo para sus aspiraciones profesionales.

Ser madre, en particular, no parece concordar con el ideario de una mujer “liberada”.  Serlo limitaría sus oportunidades de trabajo y de progreso económico en un mundo que la somete a salir del hogar para insertarse en “lo mejor” del mercado laboral. Ser madre le restaría además puntos en sus aspiraciones de detener el tiempo y conservar un eterno “sex appeal” y juventud.  Algunas de ellas, si al final se inclinan a la maternidad, lo hacen no por un impulso amoroso, sino uno egoísta: demostrar al mundo que no han envejecido, aunque su “reloj biológico” les diga lo contrario y tengan que recurrir a la fecundación in vitro para embarazarse.

Hoy lo “políticamente correcto” es celebrar el “Día de la Mujer” no el “Día de las Madres”.  Lo “educado” es aplaudirle a una mujer por sus avances en los estudios universitarios, en la escala laboral, en el liderazgo político o empresarial.  Y qué bueno que eso se les reconozca a algunas pocas que lo logran (como después de todo son pocos también los hombres “súper exitosos” según estos estándares). Pero ¿por qué es una “pena” celebrar también a las mamás, es más, a las mamás de tiempo completo, como si el serlo fuera una calamidad, un convertirse la mujer en un malogro? De hecho, en el Día de la Mujer se nos advierte que no le llevemos flores a ninguna, ni a nuestra madre, como si fuera un insulto el reconocerles así su ejemplar abnegación, amor y humanidad.  Sólo merecerían entonces diplomas según su éxito económico y profesional.

¡Vamos!, en España, el gobierno valenciano ahora acusa a un consorcio comercial de denigrar a las mujeres por celebrar el Día de las Madres: “Es necesario romper los estereotipos patriarcales que someten a la mujer a su vertiente de madre sobre el resto, y trabajar para acabar con la presión social que las mujeres, desde pequeñas, sienten acerca de la maternidad”.

En fin, parece que hoy se cumple la profecía de Jesús cuando se conducía al Calvario y dijo: “Porque llegarán días en que se dirá: ‘Felices las mujeres que no tienen hijos. Felices las que no dieron a luz ni amamantaron’”.

¡Qué triste que se desprecie así la maternidad!, pues nadie como una madre nos enseña lo verdaderamente de avanzada, por ejemplo, la democracia: valemos ante una madre por lo que somos, seres humanos, no por el dinero o poder que ganemos, tal como lo prefiere el mundano, aunque presuma de democrático.

Nadie como una madre nos enseña lo que es la justicia, pues cuida más y da más al hijo inválido que al sano, lo que no ocurre en el entorno mundano.

Nadie como una madre, cuando prolífica, nos enseña a alegrarnos por la diversidad: es conviviendo con los hermanos que aprendemos a vivir y encariñarnos con los muy distintos, cosa que no sucede en un ambiente mundano y homogéneo como el de un centro laboral o el círculo de amistades.

Nadie como una madre nos enseña la escala verdadera de valores: valgo por lo que amo, no por lo que tengo o por lo que me divierto.

Nadie como una madre nos enseña a ser felices: no lo es el mundano que nunca sacia su egoísmo, sino el que se niega a sí mismo y da todo lo que tiene a los que ama.

¡Benditas sean todas las mamás y sean muy felices todas ellas no sólo en su día sino en toda la eternidad!

Por Arturo Zárate Ruiz

Arturo Zárate Ruiz (México)
Arturo Zárate Ruiz es periodista desde 1974. Recibió el Premio Nacional de Periodismo en 1984. Es doctor en Artes de la Comunicación por la Universidad de Wisconsin, 1992. Desde 1993 es investigador en El Colegio de la Frontera Norte y estudia la cultura fronteriza y las controversias binacionales. Son muy diversas sus publicaciones.

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