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Ascensión del Señor

La ascensión es un misterio. Significa la glorificación, la exaltación de Cristo, su “ascensión” en influencia y poder.

Por otra parte, la ascensión no es la partida de Cristo. Si así fuera, estaría en contra de toda nuestra fe en la presencia real de Él, en su promesa de que “estaría con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

La Ascensión no es más que una desaparición: Cristo se ha hecho invisible, pero sin dejar de estar presente. Está incluso más presente que nunca, ya que la ascensión es una intensificación de su presencia, una extensión de la acción de Cristo a todos los tiempos y a todos los lugares.

El Señor no se ha marchado, está con nosotros para siempre. A veces lo dejamos de ver, pero Él no nos abandona jamás.

Así entendemos también por qué les dice a sus apóstoles: “les conviene que yo me vaya”. La Ascensión les resultó a la larga sumamente beneficiosa. Fue a partir de la Ascensión cuando empezaron a levantar sus miradas hacia la divinidad del Señor.

Se habían apegado a Él con los vínculos humanos de una amistad humana y, luego, con la admiración y la confianza en su poder milagroso. Pero no se dieron cuenta de quién era Aquel que había estado siempre entre ellos, hasta que lo vieron llegar al cielo como a su propio reino, su propia casa.

Sobre todo, descubrieron que el Señor los escuchaba mejor desde que había vuelto al cielo. Entonces obtenían todo lo que pedían en su nombre. Los tesoros del cielo estaban abiertos para ellos. No tenían más que meter sus manos y repartirlos entre todos aquellos a los que el Señor les enviaba.

Jamás lo habían sentido a Jesús tan presente, tan fuerte tan consolador. A donde iban, Él les acompañaba, confirmando sus palabras con milagros.

Y entonces comprendieron los discípulos que el Señor no se había separado de ellos al volver al Padre. En el mismo momento en que se imaginaban que lo habían perdido, empezaron a recibirlo de verdad y a reconocerlo como la primera vez. Por eso no sintieron nunca pena de haber perdido la presencia física de Cristo.

La ascensión es una prueba de fe, accesible a la fe y que cada uno de nosotros puede comprobar por su experiencia personal – lo mismo que los apóstoles y las primeras comunidades cristianas que se fueron convenciendo poco a poco del verdadero sentido de la ascensión.

La gran prueba de la ascensión es que Jesús está vivo para mí, para nosotros, vivo para millones de nuestros contemporáneos, con los que también Él trabajó por la fraternización y la divinización del mundo.

Él no tiene ya un rostro único, una presencia localizada en un solo punto del universo. Está presente en todos los sitios en que actúa. Una mirada atenta lo adivinará en el más pequeño de los suyos.

Cristo sigue actuando en todas las partes en que hay amor, en que se busca la verdad, en que se lucha por la justicia, en que se procura el respeto y la promoción del hombre.

La extensión de su influencia es infinita, pero sigue siendo invisible para todos los que no creen más que en la fuerza o en la riqueza. Se va extendiendo progresivamente. Despertando a los pueblos adormecidos, a los hombres envilecidos y explotados, a las muchedumbres hambrientas y necesitadas – para que tomen consciencia y responsabilidad.

Queridos hermanos, la verdadera ascensión de Cristo es la ascensión de todos los hombres, a quienes Él inspira y arrastra para construir un mundo nuevo, en donde reine la verdad, la justicia y el amor. Es un mundo en el cual Cristo es la cabeza y María el corazón.

Por Padre Nicolás Schwizer

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