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Encíclica con mayúscula

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¿Cuáles son los elementos de diferencia que pueden encontrarse en la encíclica «Dios es Amor»?

Me sumo a la alegría de millones de católicos dispersos por el mundo ante la primera encíclica de Benedicto XVI. La he leído con rapidez, una primera lectura, y, más adelante, la he ido degustando trago a trago, como se saborea un manjar exquisito.

¿Por qué? ¿Cuáles son los elementos de diferencia que pueden encontrarse en la encíclica «Dios es Amor»? Podría enumerar una buena cantidad. Me quedo con uno: su dimensión social específica. Los problemas sociales que vive el mundo de hoy se reducen a la carencia de amor en casi todos los ámbitos. Caridad es Amor en el lenguaje bíblico. San Pablo recuerda que sin Caridad podemos hacer mil obras de beneficencia, pero ninguna valdrá el boleto.

La Caridad —con mayúscula— emana del Amor entre el Hijo y el Padre, de la vida misma de la Santísima Trinidad. Como virtud humana (¡qué poco se habla hoy de las virtudes humanas!) «es la primera condición para que los hombres estén unidos, ha dicho Stefano Fontana, director del Observatorio Internacional Van Thuan, con sede en Roma. Y es así: sin caridad, sin amor, los hombres estamos condenados a la guerra…, o a la política que, como se sabe, es la continuación de la guerra pero con otras mañas.

El asunto de fondo está en la justicia. Cristo vino al mundo para salvarnos del pecado, sí, pero también lo hizo para instaurar el reino de la justicia. Y lo hizo a través del amor, asumiendo la muerte ignominiosa de la cruz por amor a los hombres. Él, «el santo de Dios», asumió las culpas de los hombres y las purificó con su sangre. La mayor injusticia (su muerte) se convirtió, por amor, en la fuente de toda virtud de justicia.

Justicia sin caridad es lo contrario al cristianismo, es una especie de «mesianismo» materialista. La caridad —afirma Benedicto XVI— «purifica la justicia», es decir, la caridad, el amor de agapé, la fiesta mediante la cual el hombre renuncia a sí mismo para ver de frente las necesidades de los otros, es lo que salvará al mundo. La Iglesia, la comunidad de los bautizados en la fe de Cristo, no tiene como papel «organizar» el sistema de justicia en los estados. Pero eso no significa que los fieles no salgan a la plaza pública, que se mantengan callados, encerrados en su ropero.

Al contrario, desatender los problemas de la justicia, la marginación, la pobreza, el abandono por atender, digamos, los negocios, el trabajo, las ocupaciones profesionales, del hogar, o aún la misa dominical, es olvidar que el testimonio de la fidelidad a Jesús brota de lo más hondo del amor de Dios por sus criaturas, que es el testimonio que, día con día, tenemos que dar los cristianos, para ser creíbles.