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Obedecer a la Iglesia con amor

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Una de las señales más claras de autenticidad cristiana es la obediencia.

 

Un santo obedece cuando llega una orden difícil, quizá incluso una condena incomprensible que deciden los superiores.

Es difícil explicarlo a las personas que están fuera de la Iglesia, a quienes sólo piensan en clave de derechos y de deberes, de normas y de justicia. Es difícil, hemos de reconocerlo, explicarlo también a muchos católicos, que no entienden por qué un laico ejemplar o un sacerdote bueno sufren un castigo, son dejados de lado, señalados como culpables sin ningún proceso.

La Iglesia, sin embargo, no pierde su belleza cuando se producen condenas inexplicables, o cuando hay errores que, con el tiempo, quedan al descubierto.

La historia de tantos santos perseguidos es una señal inequívoca del carácter humano y divino de la Esposa de Cristo. Formada por hombres buenos y por hombres con defectos, dirigida por personas prudentes y por personas que a veces yerran en sus decisiones.

El auténtico cristiano, cuando llega el momento de la prueba, sabe agachar la cabeza. Mira a Cristo, su Maestro. Implora fuerzas a Dios Padre, que pidió también al Hijo el sacrificio del Calvario. Confía en que la verdad brillará, a pesar de tantos dedos acusadores, a pesar de calumnias que manchan la propia fama, a pesar incluso de condenas públicas y de murmuraciones insidiosas.

Un gran pensador que sintió en carne propia la prueba de ser “condenado”, Henri de Lubac (1896-1991), pudo decirlo con palabras sencillas, propias de un corazón enamorado. Un corazón que latía por la Iglesia, también cuando sus superiores le mandaron por unos años dejar su principal tarea: la enseñanza.

Desde sus líneas podemos abrir la mente para sobrellevar momentos de prueba que, humanamente, resultan duros, pero que tienen su valor profundo en el horizonte del Amor divino, que escribe siempre la última página de la historia.

“Puede suceder que nos desilusionen muchas cosas que formen parte de la contextura humana de la Iglesia. Como también que, sin que tengamos la menor culpa, seamos profundamente incomprendidos en ella.

Y lo que es más, puede darse el caso de que tengamos que padecer persecución en su seno. No es un caso inaudito, aunque hemos de evitar el aplicárnoslo presuntuosamente. Y si el caso se diera, sepamos que lo que más vale es la paciencia y el silencio amoroso.

No tendremos que temer el juicio de los que no alcanzan a ver el corazón y estaremos seguros de que nunca la Iglesia nos da mejor a Jesucristo que en estas ocasiones en que nos brinda la oportunidad de ser configurados a su Pasión.

La prueba será más pesada si no viene de la malicia de algunos hombres, sino de una situación que puede parecer inextricable; porque en este último caso no bastan para sobreponerse a ella el perdón generoso ni el olvido de la propia persona. Considerémonos, sin embargo, dichosos, ante el Padre que lo ve todo en secreto, de participar de esta manera de aquella Veritatis unitas (Unidad de la Verdad) que imploramos para todos el día de Viernes Santo” (Henri de Lubac).