martes, febrero 12, 2019
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Tensión en el Vaticano

Tal vez exageré un poco en el título, porque al decir “el Vaticano” algunos pueden pensar directamente en el Papa Francisco. No es a él a quien veo tenso, sino a otros que merodean a su alrededor algo “alterados”… palabra que según su raíz latina significa “vueltos otros”.

Hay gente enfadada, alterada y molesta con Francisco. Como dice la buena periodista Miriam Díez al referirse a esta cuestión “cualquiera que se mueva tiene enemigos” y el Papa no se está precisamente quieto. Si observamos su agenda veremos que está dando su vida por la Iglesia. Sin embargo, hay mucho más que no tiene que ver con su agenda y que el Papa hace, generando una revolución de pequeñas cosas que –ahora sí- altera bastante la vida en el Vaticano: primero fueron las visitas de indigentes a la Capilla Sixtina (Francisco se presentó por sorpresa para estar con ellos), después los invitó a cenar, más tarde instaló unas duchas para que puedan mantenerse aseados, esta semana se ha abierto una lavandería para las personas sin hogar y el próximo paso será habilitar un recinto para que puedan dejar sus cosas los vendedores ambulantes y donde se facilitará el acceso a productos de higiene corporal.

Ya ven que el Papa no para. Y me llama la atención que se fije expresamente en el aseo: duchas, lavadoras, productos de higiene… me recordaba el testimonio de un preso del Gulag al que escuché y que recordaba el frío y el hambre pero, decía, lo que más había anhelado en su confinamiento “era lavarme… aunque fuese sólo un pie”. Hay comedores, casas de asistencia y muchos otros servicios para los pobres, pero el aseo es una forma muy directa de recuperar la propia dignidad, el respeto por uno mismo.

Como ven, y aunque los hay que quieren detenerlo a toda costa y no lo ocultan, como Roberto de Mattei, Josef Seifert, algunos cardenales “alterados” y otros moralistas que transmutaron el cristianismo por el culto a Kant, Francisco está a otra cosa. No se para a discutir sino a abrazar, no insulta sino que acoge y cree -¡un gran soñador!- que el amor y la misericordia tienen la fuerza para transformar el mundo: el amor y la misericordia de Cristo… y a nosotros nos toca hacerlo presente.

Esto nos ocupa. Las tensiones se las dejamos a otros.

Por Marcelo López Cambronero